Fecha importante, si las hay en el calendario. Pero, no por pretender imponer una discusión que debería estar resuelta hace tiempo: ¿Cuándo conmemoramos el Día de la Bandera? ¿Por qué pasamos por alto una fecha tan importante en nuestra historia como Nación organizada? Recuerdo haberla conocido luego de transcurridas varias etapas de formación académica. ¿Fue quizás la tan mencionada “historia oficial” que nos obligó a no profundizar en su significado verdadero? ¿Tal vez no era cómodo al calendario de actos oficiales agregar uno más a la extensa lista? ¿Es más solemne conmemorar la muerte que el nacimiento? O la pregunta que resulta más inquietante de todas: ¿fue simplemente dejada de lado hasta que fue puesta en valor nuevamente? Preguntas que podríamos hacernos al revisar los interrogantes que rodean a la conmemoración de una fecha tan significativa a los intereses de la Patria. Muchas personas, con distintos niveles de formación, aún aquellas que tienen la misión de “enseñar” (me incluyo, llegado el caso) se han visto sorprendidas al momento de traer a la memoria tal acontecimiento. “¿Y por qué nunca nos enseñaron en la escuela?” es la pregunta recurrente. El interrogante supremo. No se lo puede conmemorar como un acontecimiento más de nuestra historia como Nación soberana.
El 27 de febrero de 1812 un hombre, con principios y valores firmes, decidido a llevar los ideales de independencia, de libertad y de patriotismo, de las palabras y de las ideas a la acción directa, enarboló por primera vez la “Bandera Celeste y Blanca”. Y no fue solo un acto de simple arrebato, como fue obligado a simular. Al decir de don Manuel “¡Abajo, Excelentísimo Señor, esas señales exteriores que para nada nos han servido y con las que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud!” Fue una verdadera declaración de principios que dejó la comodidad del papel, del salón, de las reuniones pomposas, de las intrigas políticas, para pasar a la acción decidida. Sucedió casi dos años después del “Primer grito de libertad” que seguía escondido bajo los estandartes españoles y a la expectativa de lo que sucedía con el “rey cautivo”. Antes de emprender otra de las grandes epopeyas que vivieron las armas de la Patria, para desterrar la amenaza de la dominación extranjera. Se dice que, al pasar por Santa Fe, mantuvo diversos contactos con personalidades de la sociedad y que podría haberla encomendado, justo antes de iniciar el primer ensayo de revolución de las Provincias Unidas, en su viaje al Paraguay, a una mujer, Doña María Catalina Echeverría de Vidal (otra de las tantas mujeres patriotas olvidadas y desconocidas por la “historia oficial” y marginada). La imagen del General enarbolándola en alto frente a la tropa formada, montado en su espléndido corcel blanco quedó plasmado en los retratos de la época. Enviada para su aprobación, aclarando que fue realizada con los colores de la Escarapela (para evitar suspicacias políticas y religiosas), fue igualmente desconocida por las autoridades de entonces (Primer Triunvirato) quienes ordenaron que la ocultase para no generar “malestar”. Se dice que el Prócer no recibió dicha notificación a tiempo, cuando emprendió su camino hacia el “Norte”. Lo cierto es que la hizo bendecir para celebrar el segundo aniversario del 25 de mayo, y flameó victoriosa en Salta y Tucumán, pese a la amonestación recibida de las autoridades centrales y a que, quizás, no haya sido la misma que hizo jurar a orillas del Paraná. Pero el espíritu era el mismo y seguía intacto.
Hubo que esperar más de cuatro años para que nuestra Bandera sea reconocida como tal (1816) y sortear infinidad de cuestiones burocráticas, más preocupadas en “quedar bien” que en demostrar los intereses de Libertad que llevaba implícita; se le agregó la segunda banda celeste, quedando así con las tres franjas, (celeste, blanca y celeste). En 1818, se le incorporó el Sol, con los 32 rayos (16 rectos y 16 flamígeros), para quedar con el formato tal cual la conocemos hoy.
Pero el 27 de febrero es una fecha que no puede pasar desapercibida. En ese momento, Don Manuel Belgrano demostró que la Libertad y la Independencia, nombres que muy conscientemente dio a las baterías a cuyos pies fue enarbolada y juramentada por primera vez nuestra Enseña, eran algo más que simples declaraciones. Eran hechos concretos que marcaban la determinación y valentía de los hombres que procuraban arrancar estas tierras del control de la tiranía y hacerlas libres para ser regidas por los intereses de sus propios habitantes y no los ajenos.
Es importante recordar el 27 de febrero no como un hecho aislado, como “un arrebato”, sino como lo que verdaderamente fue: Un acto fundacional de la Nueva y Gloriosa Nación que buscaba su libertad y hacerse visible a los demás países del orbe, a través de la Bandera que fue pensada por uno de sus más gloriosos hijos que sacrificó hasta su último aliento en aras de la Libertad y la Independencia.
Prof. en Historia Diego Alberto Duarte, Asociación Civil Belgraniana de Goya

