Hay fechas que no se celebran: se sienten. El 16 de marzo de 2026 se cumplen treinta años desde que la EFA Coembota abrió sus puertas, y mientras recorro estas fotos viejas (algunas desteñidas, algunas arrugadas, pero todas vivas) entiendo que lo que tengo entre las manos no son simples imágenes: son fragmentos de un alma colectiva. Treinta años de un Plan de Búsqueda, de pizarrón y tiza, de manos amasando, de voces que aprenden a nombrarse a sí mismas con dignidad. Treinta años que no pesan: vuelan.
Me detengo en la primera foto y respiro hondo. Ese es Monseñor Luis Teodorico Stöckler, de blanco y mitra rosada, ofreciendo la comunión bajo los árboles. La familia Vallejos se acerca con el pan y el vino en la misa de fin de año. No hay altar de mármol ni vitrales. El altar es la tierra misma, el cielo es el techo, y los fieles son aquellas familias campesinas que entregaron a sus hijos, a la confianza de un proyecto pedagógico que apenas comenzaba a caminar. Recuerdo esa ceremonia como si el tiempo se detuviera y el viento moviera los árboles con suavidad litúrgica. La EFA nacía del campo y volvía al campo. No había contradicción. Había coherencia. Esa misa de fin de año no era un ritual de clausura. Era una renovación de un pacto entre la comunidad, la escuela y la vida. El pan que acercaba la familia Vallejos no era solo pan litúrgico: era el pan de la cosecha, el pan del trabajo, el pan que la alternancia (esa pedagogía que va y viene entre la familia y el aula) convierte en contenido curricular y en sentido existencial.

Hay una foto que me sacude y me llena de nostalgia cada vez que la miro. La familia Castelarín posa bajo el árbol de su rancho, los niños en primer plano, las madres detrás con sonrisas sin artificio. Y los alumnos de la EFA Coembota en su casa de madera y palma, aprendiendo que la hospitalidad no depende del espacio físico, sino del corazón. Las manos que se mezclan sobre una fuente, jóvenes amasando junto a la familia, preparando las tortas fritas. No fuimos a dar nada esa vez. Fuimos a recibir. Paulo Freire lo sabía bien cuando escribió que nadie educa a nadie, que los hombres y mujeres se educan entre sí, mediatizados por el mundo. El rancho de los Castelarín fue ese mundo. La masa en la fuente fue el aula. La comida compartida fue el examen más honesto que pudimos rendir. En la EFA llamamos a esto “visita a las familias”. Pero ningún nombre técnico alcanza para describir lo que ocurre cuando un adolescente del campo ve que su realidad no es un obstáculo para aprender, sino el punto de partida de todo aprendizaje genuino. Ese es el corazón del Sistema de la Alternancia: la vida no espera afuera del aula mientras uno estudia. La vida es el aula.


En la otra imagen observamos al equipo de la EFA Coembota discutiendo el plan de búsqueda, revisando las puestas en común, afinando la mirada pedagógica que sostiene todo lo demás. En la EFA, el docente no es un técnico de contenidos ni un transmisor de saberes acabados: es un monitor, un acompañante de proyectos de vida, alguien que camina al lado del alumno sin adelantarse demasiado. Eso requiere formación permanente y, sobre todo, requiere comunidad. El equipo de Coembota aprendió temprano que no se puede acompañar lo que no se comprende, ni se puede comprender sin escuchar. Por eso, cada reunión de trabajo era también un acto de escucha colectiva: un docente traía una observación del período en casa, otro cuestionaba un criterio de evaluación, la rectora proponía repensar el eje temático del trimestre. Nadie llegaba con la verdad bajo el brazo. Llegaban con preguntas genuinas y con la disposición de dejarse interpelar. Lo que diferencia a una EFA de cualquier otra escuela no es sólo su calendario de alternancia ni su estructura organizativa, sino esa convicción profunda de que el conocimiento se construye formando vínculos. Aprender es siempre un acto social. El docente que no crece junto a sus alumnos se detiene. Esa reunión de la foto no era burocracia. Era fe pedagógica en acción. Era y es EFA Coembota siendo fiel a sí misma.

Tres décadas de EFA Coembota son treinta años de familias que apostaron a la educación en alternancia, de docentes que eligieron quedarse, de alumnos que crecieron en dignidad. Son treinta años de misas bajo el cielo abierto, de ranchos visitados con respeto, de reuniones donde nadie dormía porque el tema importaba, de pizarrones llenos de preguntas. Hoy, 16 de marzo de 2026, miro estas fotos y no veo el pasado. Veo la raíz de lo que somos. Y entiendo que la mejor celebración no es una fiesta: es seguir sembrando.
Treinta años nos enseñaron que ninguna semilla germina sola: necesita tierra preparada, manos que cuiden, comunidad que acompañe. ¡Feliz aniversario, EFA Coembota!
Autora: Prof. Mgtr. Zulma Ceschi

