En tiempos de precarización, desempleo estructural y fragmentación social, el debate sobre el trabajo vuelve a ocupar un lugar central en la discusión política y filosófica argentina. Este ensayo propone un análisis del modelo económico de ajuste y flexibilización laboral desde una perspectiva humanista, cristiana y nacional, articulando el pensamiento social del Papa Francisco con la doctrina de la comunidad organizada de Juan Domingo Perón. A partir de una lectura situada de la realidad argentina y del interior profundo, se plantea la necesidad de reconstruir una concepción del trabajo como dignidad, pertenencia y fundamento de comunidad. 


Existe una dimensión silenciosa de los modelos económicos de ajuste que rara vez es explicitada en los discursos tecnocráticos: su capacidad de producir subjetividades. Detrás de cada política de flexibilización laboral, de cada reforma regresiva o de cada proceso de desindustrialización, no solamente se reorganizan variables macroeconómicas; también se reconfiguran vínculos humanos, identidades colectivas y formas de entender la vida social. La precarización no destruye únicamente salarios, destruye la comunidad.

En las últimas décadas, buena parte de América Latina, y particularmente la Argentina, atravesó procesos económicos caracterizados por la apertura indiscriminada de mercados, la financiarización de la economía, la desregulación laboral y la subordinación del trabajo a la lógica del capital especulativo. Estas transformaciones no deben ser entendidas solamente como decisiones técnicas. Constituyen, en realidad, una determinada concepción filosófica del hombre y de la sociedad.

El neoliberalismo parte de una antropología individualista. Concibe al ser humano como un sujeto aislado, competitivo y autosuficiente, cuya realización depende exclusivamente de su capacidad de insertarse exitosamente en el mercado. Desde esta lógica, el desempleo deja de ser un problema estructural para convertirse en una responsabilidad individual. El trabajador precarizado ya no aparece como víctima de un modelo económico excluyente, sino como alguien que “no se adaptó”, “no fue eficiente” o “no supo competir”.

Esta concepción fue advertida tempranamente por el pensamiento social cristiano y por las tradiciones nacionales-populares latinoamericanas. El Papa Francisco ha sido probablemente una de las voces contemporáneas más contundentes en denunciar las consecuencias humanas de esta cultura económica. En diversos documentos y discursos sostiene que el desempleo, la informalidad y la pérdida de derechos laborales “no son inevitables”, sino el resultado de “una previa opción social, de un sistema económico que pone los beneficios por encima del hombre”.

Francisco no critica únicamente los excesos del capitalismo financiero. Critica una cultura entera basada en el descarte. Una civilización donde el ser humano deja de ser sujeto para convertirse en objeto consumible. En ese sentido, el pontífice argentino señala que “el trabajo nos unge de dignidad” y que no existe peor pobreza que aquella que priva al hombre de la posibilidad de ganarse el pan mediante su propio esfuerzo.

La cuestión del trabajo ocupa, además, un lugar central dentro de la Doctrina Social de la Iglesia. En la carta enviada a la Conferencia Internacional “De la Populorum Progressio a la Laudato Si”, Francisco recuerda que el desarrollo humano no puede reducirse al mero crecimiento económico y que el trabajo constituye “la clave esencial de toda la cuestión social”. Allí aparece un elemento fundamental para comprender el problema contemporáneo, el trabajo no posee únicamente una función económica, sino también espiritual, cultural y comunitaria.

Cuando una sociedad naturaliza la precariedad laboral, naturaliza también la fragmentación humana.

En este punto, el pensamiento de Francisco encuentra profundas resonancias con la doctrina de la comunidad organizada desarrollada por Juan Domingo Perón en 1949. En aquel histórico discurso pronunciado durante el Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza, Perón advertía que tanto el individualismo liberal como los totalitarismos colectivistas destruyen la posibilidad de una auténtica realización humana. Frente a ambos extremos, el justicialismo proponía una tercera posición basada en la armonía entre individuo, comunidad y Estado.

La comunidad organizada no implicaba la anulación del individuo, sino su realización dentro de un proyecto colectivo. Como señala el prólogo incorporado en la edición de la Biblioteca del Congreso, el justicialismo buscaba “la realización y perfeccionamiento del yo en el nosotros”.

Esta idea posee enorme actualidad frente al avance contemporáneo de modelos económicos que promueven la competencia permanente entre personas, la destrucción de solidaridades laborales y la disolución de identidades colectivas. El trabajador precarizado no solamente pierde estabilidad económica; pierde también pertenencia social. Se debilitan los sindicatos, se fragmentan los barrios, se deterioran las redes comunitarias y emerge una sociedad atravesada por el miedo y la incertidumbre.

Diversos estudios sociológicos muestran cómo el desempleo y la precariedad afectan profundamente la salud mental, la autoestima y la integración social de las personas. El desempleo genera deterioro psicológico, depresión, vulnerabilidad y desarraigo social. Lejos de ser un mero indicador estadístico, EL DESEMPLEO FUNCIONA COMO UN MECANISMO DE DISCIPLINAMIENTO SOCIAL.

En este sentido, los trabajos de Agustín Salvia, Juliana Persia y Pablo De Grande resultan esclarecedores. Allí se sostiene que el desempleo ha sido históricamente “un medio de disciplinamiento y de devaluación de la fuerza de trabajo”. Esta afirmación permite comprender que ciertas políticas de ajuste no producen desempleo como un efecto accidental, sino como una herramienta funcional para reorganizar relaciones de poder dentro del sistema económico.

El miedo al desempleo reduce la capacidad de protesta, debilita la negociación salarial y empuja a millones de personas a aceptar condiciones laborales indignas. La flexibilización aparece entonces no como ampliación de libertades, sino como transferencia de inseguridad desde el sistema económico hacia los cuerpos concretos de los trabajadores.

La experiencia argentina reciente permite observar con claridad estas dinámicas. El documento “El trabajo en Argentina durante los 40 años de democracia” evidencia que los períodos de mayor inclusión laboral coincidieron con modelos económicos expansivos y con fuerte presencia estatal, mientras que las políticas de apertura comercial, desregulación y ajuste generaron caída del empleo, deterioro salarial y aumento de la precarización.

Particularmente significativo resulta el análisis sobre el período 2015-2019, donde la apertura económica y los tarifazos provocaron el cierre de miles de pequeñas y medianas empresas, acompañados por una fuerte destrucción del empleo registrado y una drástica caída del salario real. Situación histórica que no se aleja de la realidad actual. 

Aquí aparece una cuestión central para el pensamiento nacional y es que no existe desarrollo humano posible sin una economía al servicio de la producción y del trabajo. Las economías basadas exclusivamente en la especulación financiera generan concentración de riqueza, pero destruyen tejido social.

Y esta discusión no es abstracta ni exclusivamente nacional. También interpela profundamente al interior argentino.

En ciudades intermedias y comunidades del interior profundo, como las del sur correntino, la destrucción del trabajo formal produce efectos aún más visibles. Allí donde desaparece una industria, una pyme, o se cierra un comercio, se deteriora toda una red comunitaria. El comerciante vende menos, el joven emigra, el club pierde socios, las instituciones intermedias se debilitan y la desesperanza comienza a ocupar el lugar de la movilidad social ascendente.

“El problema no es solamente económico. Es cultural y civilizatorio. Una comunidad que pierde trabajo pierde también horizonte colectivo”.

Por eso resulta imprescindible recuperar una concepción humanista del desarrollo. El trabajo no puede seguir siendo pensado únicamente como variable de ajuste o costo de producción. Debe volver a concebirse como ordenador social, espacio de dignidad y herramienta de integración comunitaria.

La idea de trabajo decente impulsada por la OIT avanza precisamente en esa dirección, al comprender que el empleo digno no se reduce a remuneración económica, sino que implica estabilidad, protección social, participación y reconocimiento humano.

En definitiva, el gran debate contemporáneo no es solamente económico. Es antropológico.

¿Qué tipo de sociedad queremos construir?

Una sociedad de individuos aislados compitiendo entre sí en condiciones crecientemente precarias, o una comunidad organizada donde el desarrollo económico tenga como finalidad la dignidad humana y el bien común.

El Papa Francisco advierte constantemente sobre los peligros de la cultura del descarte. Perón, décadas antes, advertía sobre los riesgos del individualismo liberal y la necesidad de armonizar libertad individual y justicia social. Ambos, desde tradiciones diferentes, pero profundamente vinculadas, coinciden en algo esencial: el ser humano solamente puede realizarse plenamente dentro de una comunidad.

Quizás allí resida uno de los grandes desafíos del pensamiento argentino contemporáneo, volver a pensar el desarrollo desde la dignidad humana, el trabajo y la organización comunitaria. 

Porque una Nación no se mide únicamente por sus índices financieros. Se mide, sobre todo, por la capacidad de garantizar que cada hombre y cada mujer puedan vivir con dignidad, trabajar con derechos y sentirse parte de una comunidad que no los abandona.

Autor: Dr. Emanuel Blanco

Sobre el autor: Emanuel es Abogado Especialista en Derecho Administrativo. Profesor Universitario. Concejal de la Municipalidad de Goya. Representante Legal de la Fundación Ágora. Director de Editorial Arandú. Ex Becario de la FURP y del CFI.