La pluma con la que se redacta un parte oficial no es un instrumento neutral. Cada término, cada adjetivo y cada circunloquio policial o médico deja tras de sí una huella ideológica y social. En el periodismo y en la comunicación institucional, las palabras tienen el poder de humanizar o de despojar de dignidad a quienes ya no tienen voz.

Un claro ejemplo de esto se manifiesta cuando ocurre una muerte y el gacetilón policial o el parte de prensa elige titular o informar que “murió una persona de sexo femenino” en lugar de simplemente decir que “murió una mujer”.

A simple vista, podría parecer una discusión meramente semántica o un capricho de estilo. Sin embargo, la brecha entre ambas fórmulas es profunda y revela la tensión entre la burocracia fría y el reconocimiento de los derechos humanos.

La trampa de la despersonalización burocrática

La fórmula “persona de sexo femenino” pertenece al universo técnico, médico-legal y de los expedientes judiciales. Es el lenguaje de la autopsia, del acta de defunción, del frío informe forense. Su objetivo original es la precisión anatómica y registral, necesaria dentro de los laberintos de la investigación criminal o la medicina legal.

El problema surge cuando ese lenguaje crudo y deshumanizado se traslada de manera acrítica a los partes de prensa destinados a la opinión pública y a los medios de comunicación. Al reducir a una víctima a un “dato biológico de sexo femenino”, se la despoja de su condición de sujeto social. Se la convierte en un número, en un caso clínico, en un objeto de estudio forense más que en un miembro de la comunidad cuya pérdida nos interpela.

El impacto invisibilizador de la violencia

Este uso no es inocuo, especialmente cuando nos adentramos en contextos de muertes violentas, sospechosas o posibles femicidios.

Decir que “murió una persona de sexo femenino” distancia emocionalmente al lector del hecho. Amortigua el impacto, neutraliza la gravedad del suceso y, en muchos casos, invisibiliza la dimensión estructural de la violencia de género. Distancia el hecho de una realidad social en la que las mujeres mueren por el solo hecho de serlo.

Por el contrario, la frase “murió una mujer” restituye de inmediato la dimensión humana y social de la víctima. Nombra a una persona dentro de un colectivo, reconociendo su identidad social y su pertenencia a un grupo que históricamente ha luchado por sus derechos y visibilidad.

Hacia un periodismo y una comunicación con perspectiva

En los últimos años, los manuales de estilo periodístico y las directrices de comunicación con perspectiva de género han insistido en la necesidad de desterrar los formalismos arcaicos y los eufemismos que alejan la noticia de la realidad humana.

La comunicación institucional y la prensa tienen la responsabilidad ética de informar con rigor, sí, pero también con empatía y claridad social. Reducir a una mujer fallecida a una “persona de sexo femenino” es un resabio de una cultura institucional que prefiere la abstracción burocrática a la crudeza de la empatía.

Las palabras que elegimos para contar la muerte de alguien definen cómo valoramos su vida. Es hora de que los partes de prensa dejen atrás la frialdad forense cuando se comunican con la sociedad, y comiencen a llamar a las cosas por su nombre: personas, ciudadanas, mujeres.