Cuento

     Había muchos rosales en el patio, pero ninguna amiga con quien jugar. Las tardes litoraleñas pesaban en la soledad. El jacarandá a veces hacía de amigo, aunque nunca respondía a sus acertijos. “De seguro no me contesta porque no sabe la respuesta”, “es viejo al pedo entonces” pensaba ella decepcionada por jugar con un árbol, que, aunque vivo, inservible para la amistad.

     “¿Se puede vivir sin pensar?” se preguntó aquella tarde bajo la sombra de las hojas y entre los pétalos lilas que habían caído al pasto, muertos; la primavera ya se iba y su jacarandá perdía el color de los ojos de Pilar. Pero las rosas aún no se morían: su profundo rojo carmesí infundía presencia en aquel patio sin amigos.

     “¿Se puede vivir sin pensar?” se volvió a preguntar tirada en el suelo. Las flores estaban vivas, pero no pensaban, entonces no podían estar vivas. Y, sin embargo, lo estaban. Consideró preguntarle a su mamá, pero era consciente de que si le preguntaba le iba a responder que deje de decir pavadas y que mejor se ponga a jugar a las muñecas, después le iba a recordar que no corriera porque le hacía mal y que se arreglara el vestido porque lo tenía arrugado. “Las muñecas no hacen preguntas, se quedan quietas y arregladas mientras toman el té entre las rosas”.

     Ya no quiso pensar en esa pregunta, al final se convenció de que sí era una pavada, una estupidez que de seguro si alguna otra niña la escuchaba ya no iba a querer ser su amiga y le iba a contar todo a las demás de la cuadra. Sintió lástima por sí misma y recostada en el pasto como estaba quiso una amiga más que nunca.

     Cerró los ojos. Se durmió sin darse cuenta. Soñó con un jacarandá que, en vez de flores coloridas, afloraba en profundas flores negras. Despertó. Los pétalos lilas aún seguían a su alrededor, pero algunas rosas se habían marchitado. Ella sabía que antes de quedarse dormida no había ni una sola rosa que no fuera roja.

     Extrañada, se acomodó el vestido blanco y fue a revisar: secas y grises, las flores aún no se caían de las ramas. Dio unas vueltas por su patio, nada fuera de lugar, más que una mariposa negra que libaba en las rosas que no habían muerto. La siguió con la mirada, absorta por descubrirla.

     “¿Las mariposas piensan?”, “no, no, basta de preguntas estúpidas”. Esta vez se convenció de que ya nadie iba a querer ser su amigo. Quiso llorar por hacerse tantas preguntas. Se negó. Entonces dijo enojada:

―Las mariposas sí piensan.

     Y fue tras ella, que iba de rosa en rosa libando.

―Vamos a jugar a las cazaditas― le dijo y le tocó una de sus alas antes de lanzarse a correr detrás de los rosales.

     Su risa llenaba el patio. La mariposa aparentaba perseguirla. Daban vueltas y vueltas entre los rosales. Ella estaba tan feliz por no jugar sola que no se dio cuenta de que todas las rosas se habían ido muriendo una por una.

     En un momento le pareció que el jacarandá se veía triste, y ella se conmovió por su antiguo amigo. Cansada de tanto correr, ya no quiso jugar. Pero la mariposa no sabía que el juego había terminado.

     Con sus ojos color avellana, observó cómo la mariposa iba hacia ella que se había sentado a descansar. Jadeante, le tendió un dedo para que se posara sobre él. Y, en el instante en que la tocó, la niña supo que tuvo una amiga. Luego, cayó muerta.

FIN

©2026, Jorge Daniel González. Todos los derechos reservados.

Sobre el autor: Jorge Daniel González nació el 18 de mayo de 2006 en la localidad de Santa Lucía de los Astos, Corrientes, Argentina. Concluyó sus estudios secundarios en la Escuela Normal “Dr. Hipólito Ernesto Baibiene” con el título de Bachiller en Ciencias Sociales. Actualmente, es estudiante del Profesorado en Educación Secundaria en Lengua y Literatura del Instituto Privado Superior “Presbítero Manuel Alberti”, en la ciudad de Goya, Corrientes, Argentina.