En esta columna, la Lic. Paulina Polo nos invita a pensar en esa diferencia que considera central: ser adultos disponibles, pero no adultos a disposición. Disponibles para escuchar, sostener y validar. No a disposición de cada demanda emocional que, si no es acompañada con un marco claro, termina debilitando más que fortaleciendo. Porque criar no es evitarle al niño todo malestar. Es enseñarle que puede atravesarlo. Y quizás, en definitiva, ese sea el verdadero acto de respeto.
En los últimos años, el término crianza respetuosa se volvió parte del lenguaje cotidiano. Se escucha en redes sociales, en escuelas, en consultorios y en grupos de padres. Se transformó en un ideal. Sin embargo, en ese proceso de expansión, algo se desdibujó: el sentido profundo del concepto.
La crianza respetuosa no nació para borrar al adulto ni para diluir los límites. Nació para reconocer al niño como sujeto, con emociones, necesidades y derechos. Pero en algún punto se confundió “respetar” con “no frustrar”, “acompañar” con “resolver”, “validar” con “ceder”. Y allí comenzó la distorsión.
Respetar no significa permitir todo.
Respetar no implica invertir los roles.
Respetar tampoco es colocarse en una relación simétrica donde el adulto y el niño ocupan el mismo lugar de decisión.
El niño necesita un adulto que sostenga, no un adulto que se retire.
Hoy vemos con frecuencia infancias y adolescencias frágiles, donde los desafíos propios de cada etapa —un examen, una pelea con un amigo, un límite escolar, un “no” en casa— se viven como situaciones desbordantes. La emoción aparece sobredimensionada y la acción también. Hay menos tolerancia a la frustración y menor capacidad de autorregulación emocional.
Y aquí es importante detenernos: la tolerancia a la frustración no se enseña con discursos, se construye en la experiencia. Cada vez que un adulto sostiene un límite claro y amoroso, le está enseñando al niño que puede sentir enojo y atravesarlo. Que puede querer algo y no obtenerlo. Que puede llorar… y aun así, el mundo no se derrumba.
Cuando en nombre de la crianza respetuosa el adulto evita cualquier malestar, corre rápidamente a solucionar cada demanda o elimina toda incomodidad, priva al niño de la oportunidad de desarrollar recursos internos. No se trata de abandonar, sino de acompañar sin reemplazar. Acompañar no es despejar el camino; es caminar al lado mientras el niño aprende a transitarlo.
En muchos casos, además, el borramiento de límites impacta en aspectos más profundos: el lenguaje, la construcción del pensamiento y la propia voz. Cuando el adulto anticipa todo, responde antes de que el niño pueda organizar lo que quiere decir, o interviene para evitar cualquier frustración comunicativa, el niño pierde espacio para elaborar. El lenguaje no es solo hablar; es pensar, ordenar, simbolizar la experiencia. Si todo es inmediato y resuelto desde afuera, se empobrece la posibilidad de construcción interna y se debilita la autonomía.
Hoy, frente a una dificultad, muchas veces no aparece el pedido de ayuda, sino el berrinche. Y frente al berrinche, el adulto corre. Corre a socorrer, a explicar, a negociar, a ceder. Pero pocas veces se detiene a preguntarse: ¿qué necesita realmente este niño? ¿Resolverle el problema o aprender a atravesarlo?
Aquí me gusta plantear una diferencia que considero central: no es lo mismo ser un adulto disponible que un adulto a disposición.
Un adulto disponible es aquel que está presente, que escucha, que acompaña, que valida la emoción, pero que conserva su rol. Es quien puede decir: “Entiendo que estés enojado, pero la decisión sigue siendo esta”. Es quien sostiene el límite sin descalificar la emoción. Está, pero no se desdibuja.
En cambio, un adulto a disposición es aquel que se coloca en función de la demanda del niño. Se adapta constantemente para evitar el conflicto, modifica reglas según el estado emocional del momento y termina regulado por el humor infantil. En lugar de ofrecer estructura, la pierde. El centro ya no es la función adulta, sino la reacción emocional del niño.
La diferencia es abismal.
El adulto disponible brinda seguridad porque es previsible. Hay reglas claras, hay coherencia y hay contención. El adulto a disposición, aunque actúe desde el amor, genera inestabilidad porque todo depende del clima emocional del niño. Y los niños no necesitan adultos que giren alrededor de ellos; necesitan adultos que puedan sostener el eje.
Hace más de un siglo, Freud hablaba de “Su Majestad el Bebé”, describiendo ese lugar privilegiado que los padres otorgan al hijo, donde todo gira a su alrededor y sus deseos parecen ley. Ese movimiento es natural en los primeros tiempos de vida. El problema no es que el niño ocupe ese lugar al inicio. El problema es que nunca deje de ocuparlo.
Cuando el niño permanece como “rey”, el adulto pierde su función estructurante. Y sin esa estructura, no hay construcción sólida de autoestima ni desarrollo de recursos internos. Hay dependencia emocional, fragilidad frente al límite y dificultad para tolerar la realidad. La autoestima no se construye evitando el malestar, sino comprobando que se puede atravesar.
Los niños no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos firmes y afectuosos. Necesitan saber que alguien puede sostener el timón cuando ellos aún no tienen la madurez para hacerlo. Esa asimetría saludable no es autoritarismo, es cuidado.
Quizás hoy el verdadero desafío no sea criar hijos felices todo el tiempo, sino criar hijos capaces. Capaces de esperar. Capaces de tolerar un “no”. Capaces de frustrarse sin quebrarse.
La crianza respetuosa no elimina el límite, lo humaniza. No borra al adulto, lo vuelve consciente de su rol. Y cuando el adulto puede sostener su lugar con firmeza y afecto, el niño no pierde libertad: gana estructura para crecer.
Porque el amor que organiza también es respeto.
Y el límite claro, cuando está sostenido desde el vínculo, no hiere: fortalece.
Autora: Paulina Polo

Paulina ha trabajado durante muchos años en el acompañamiento de niños, niñas y adolescentes, integrando equipos de orientación escolar en los niveles inicial, primario y secundario, y desempeñándose como docente en el nivel medio, especialmente en el espacio de Psicología.
Asimismo, ha desarrollado un importante trabajo de acompañamiento a los alumnos, a los docentes y a las familias del Instituto Santa Teresa de Jesús, abordando situaciones propias del crecimiento, la adolescencia y los desafíos vinculares que atraviesan hoy las comunidades educativas.
Su recorrido profesional se caracteriza por una mirada integral de la persona, con especial atención a los procesos emocionales, vinculares y evolutivos, y a la construcción de espacios de cuidado, escucha y orientación, donde el alumno ocupa un lugar central.
Además, ha participado activamente en proyectos institucionales y comunitarios vinculados a la inclusión, la discapacidad y el trabajo interdisciplinario, asumiendo roles de formación, coordinación y acompañamiento.
Actualmente, también se desempeña como integrante del staff de REMAX Pora, participando en procesos de selección de personal, formación y seguimiento de equipos, aportando una mirada centrada en el desarrollo humano y el fortalecimiento de las personas en sus roles.
