Cuento
La mañana del viernes me levanté decidida a matar a mi marido. Ordené nuestra cama, me tomé una ducha rápida y cargué el revólver. Lo cargué completo. No quería guardarme ninguna bala. Entre él y yo lo habíamos jurado siempre así: “sin guardarnos nada”.
Matar a un marido no es algo que se hace todos los días, supongo. No es una decisión que se toma a la ligera, tampoco. Sin embargo, era algo que debía hacer. Ya lo había planeado hace tiempo y lo tenía que concretar hoy. No podía seguir retrasándolo. Eso volvería más difícil las cosas en el futuro.
¿Qué razones tenía yo para tomar semejante optativa? Pues, quería dejarlo. Anhelaba un cambio y Enrique, mi marido, ya no significaba para mí lo que alguna vez fue. No me interesaba lo que hacía, lo que decía o si estaba vivo o muerto. Lo observaba dormir en nuestra cama y sólo podía pensar una cosa: “¿Quién es este tipo?”. Así que, para bien o para mal, opté por mejor eliminarlo.
Para eso armé un plan. Como primera parte, lo iba a citar para vernos en un restaurante de la ciudad a las doce, después de su jornada. En ese lugar fue donde tuvimos nuestra primera cita. Cada vez que pasábamos en auto, él repetía: “mi lugar predilecto”, como la gente que se persigna al cruzar por la iglesia. Me preguntaba si tal vez eso era lo que provocó que deje de quererlo, pero no lo creo. Era una actitud que consideraba tierna dentro de todo.
—Enrique —le escribí por el celular—, ¿te parece si nos vemos en el Mediavilla cuando salís? Es para comer juntos.
—Ok, amor —me contestó con varios corazones.
Listo. Ahora, sólo faltaba la segunda y última parte del plan: ir y matarlo. Sí, no era el plan más elaborado que alguien a punto de cometer un homicidio podría pensar, pero tampoco había nada más que hacer.
Me coloqué un vestido negro al cuerpo para verme elegante, pero discreta, y unos lentes de sol, para no ser reconocida con facilidad. Luego, metí el arma en mi cartera y salí por la puerta principal de la casa, una casa que ya no sentía como mi hogar.
El restaurante Mediavilla se encontraba lejos, pero aún faltaba una hora para que Enrique asista, de modo que preferí despejar la mente caminando hasta allá. Para matar a alguien, sobre todo si es tu marido, se debe pensar en frío. Una amiga, incluso, me dijo que tenga cuidado si él hablaba del pasado o me hacía reír porque podía arrepentirme y estirar esto diez años más.
La mañana estaba tranquila y la brisa ligera jugaba con nuevas energías en el cabello de la gente que me rodeaba. Era seguro que esas personas me juzgarían duramente por lo que iba a hacer. Tendrían miles de opiniones sobre mi accionar. Sin embargo, yo no lo hacía por mala, sino que… hay cosas que se deben hacer. Estos pensamientos me generaban dudas. Me preguntaba si estaba tomando la decisión correcta, si Enrique tenía algo malo. ¿Por qué, verdaderamente, quería deshacerme de él?
—¿Será su apariencia? —indagué para mí misma, pero no lo creía así. Enrique era alto, todo lo que vestía lo lucía bien y, aunque ya estaba quedándose calvo, envejecía con gracia. No era un Adonis, pero tenía una presencia que pocos hombres portan.
—¿Será porque es mala persona?
Descarté la duda de inmediato. Si algo caracterizaba a Enrique eran su bondad, su solidaridad y su gran amor por quienes quería. Jamás fui maltratada por él. No recuerdo siquiera un comentario de mal gusto por su parte. Es más, nadie nunca me cuido y quiso tanto como ese hombre.
—Entonces, ¿podrá deberse a su personalidad?
Tampoco. No conocí nunca a algún ser (animal o humano) que le haya caído mal Enrique. Era un tipo con muchos amigos. Me atrevería a decir que mis padres lo querían más a él que a mí, y para caerle bien a mi madre, que era una vieja amargada, había que ser en verdad simpático.
¿Qué tenía entonces? Ni siquiera podía quejarme por plata. Desde antes que nos casemos, Enrique me demostró que a su lado no me faltaría nada, y así fue.
Es muy probable que después de él no encuentre a un hombre mejor. Todas esas cualidades en una persona son raras, casi inexistentes. Además, hoy en día, una escucha cada testimonio. Parejas infelices con engaños, con maltratos, con vidas deplorables. Dios mío. ¿Y si era eso lo que me esperaba? ¿Y si, en realidad, estaba cometiendo un error al matar a mi marido?
Cuando ingresé al restaurante, me deslicé dubitativamente hacia la mesa que acostumbrábamos ocupar. Le pedí un vaso de agua al mozo y lo fui tomando de a poco hasta la llegada de Enrique. Tardó sólo diez minutos.
—¿Cómo estás, amor? —saludó.
Tragué saliva y solté:
—Bien.
Luego de ordenar, Enrique comenzó a hablarme. Me contaba sobre su día, sobre algunas cosas que planeaban en la empresa y sobre los momentos felices que pasamos. En cuanto me di cuenta, estábamos charlando amenamente. Se reía y yo también. Sí, disfrutaba convivir con aquel hombre y estaba más que segura que no podría haber marido mejor. No sé qué estaba pensando, éramos el matrimonio perfecto y eso sería un pecado arruinarlo.
—Enrique.
—¿Sí, amor? ¿Qué pasa?
—Ya no te amo.
El pecho de Enrique floreció como una rosa. Me miraba atónito a través de sus ojos verdes, que delicadamente comenzaban a apagarse. No necesité más de una bala para matarlo, pero el arma aún guardaba más, y entre los dos lo habíamos jurado siempre así: “sin guardarnos nada”.
FIN

