Cuento
El colectivo no iba ni muy rápido ni muy lento. Las cortinas rojizas, bajo la luz de los foquitos, resaltaban intensamente. El ruido del motor era lo único que se podía oír. La niebla que se tragaba la ruta embriagaba al conductor con una espera insoportable. Aparentaba que pronto llegarían a destino.
Cada tanto, revisaba, a través del espejo retrovisor, el estado de sus pasajeros, que no eran muchos. Permanecían igual, cada uno en su posición invariable mirando la grisácea niebla que a él no le dejaba ver más de cinco metros al frente. Miraban, simplemente miraban el camino, nada los sacaba de aquella concentración.
Paulatinamente, comenzó a disminuir cada vez más la velocidad entre la espesa niebla que se había vuelto amarillenta y, después de un tiempo, decidió detenerse a un costado de la ruta. El conductor, algo nervioso, se levantó de su asiento y anunció:
– Hay demasiada niebla, seguir avanzando es muy peligroso. Debemos esperar a que se disipe para…-.
– No – interrumpió una voz – siga conduciendo-.
– No se puede -.
– Siga avanzando- dijo otra voz.
El conductor volteó a ver la niebla por el parabrisas, negó con la cabeza.
– Les digo que no se puede seguir con el viaje, lo lamento-.
– ¡Siga avanzando! – pronunciaron todos los pasajeros.
Se le erizó la piel. Quiso decir que no, pero, de pronto, las miradas -antes puestas en la niebla- estaban fijas en él. Algo le decía que no debía desobedecer. Nervioso, volvió al volante y puso en marcha el colectivo. Comenzaron a avanzar.
Sin que se dieran cuenta, los observaba, necesitaba asegurarse de algo, pero no sabía de qué. Parecían poseídos, lejanos. Tenía miedo de colisionar con otro vehículo por la nula visión. Luego de varios vistazos entrecortados, notó que un pasajero se levantó y se perdió en la oscuridad del fondo del pasillo. Así, cada uno fue desapareciendo de su vista. El terror arraigó en su pecho. Sin embargo, mantuvo la compostura, se dijo a sí mismo que pronto llegarían a destino, que pronto todo eso se acabaría.
Intentaba darle una explicación lógica a lo que ocurría, pero nada parecía tener sentido.
Cuando se obligó a revisar otra vez los asientos más cercanos, se dio cuenta de que ya no había nadie. Buscó con la vista en las butacas traseras: nadie más que él estaba en el colectivo. Frenó de golpe y, temblando, se trasladó hacia el fondo del colectivo con el fin de descubrir lo que ocurría, aunque inseguro de querer afrontar las consecuencias. Al llegar, sólo encontró un montón de pertenencias y prendas desparramadas.
De pronto, el colectivo comenzó a avanzar a toda velocidad y él se dirigió directo a la cabina. Los latidos de su corazón golpeaban su pecho con tanta fuerza que opacaban a sus otros sentidos. En el momento en que llegó a su asiento, el espanto se apoderó de su rostro de tal manera que se transformó en una mueca horrorizada. Nadie conducía, el volante y los pedales se movían sin lógica alguna.
Intentó convencerse de que había chocado, de que había quedado en coma, de que eso que vivía no era real, de que no podía ser real. Tapó su cara con sus manos y se sentó en la butaca más cercana. Lloraba, temblaba, balbuceaba. Creyó que la locura lo había consumido. No obstante, bajó las manos y posó su atención en una de las luces rojas que estaba a dos asientos… pensó un momento, un breve momento. Luego, dudó, pero no demasiado. El estallido de la ventanilla llenó sus oídos y los cristales llovieron tanto afuera como adentro del colectivo.
Cuando recobró la conciencia, sintió mucho frío. Había pasado unas horas al borde de la ruta. Se observó detenidamente, sólo unos cortes superficiales y varios moretones.
No encontró ninguna señal del colectivo, así que decidió caminar por el borde del asfalto hasta encontrar ayuda, ya que sabía que si se quedaba esperando iba a morir por la temperatura que cada vez parecía bajar más. Así, cruzado de brazos para mantener el calor, caminó. No pensaba en nada más que en llegar a su casa, con su familia y sentarse en su mesa para cenar y después ir a dormir. No deseaba nada más. Pero la niebla amarillenta y el fiero frío debilitaban su esperanza.
Pasadas unas largas horas, mientras avanzaba con la mirada hacia abajo, chocó contra algo sólido. Era el colectivo, completamente estático. El miedo lo paralizó y no supo cómo reaccionar, pero una brisa helada lo devolvió a sí mismo. Fue hasta la puerta y con cautela subió al colectivo.
Observó el tablero y luego contempló la niebla a través del parabrisas. Había vuelto a ser de un gris tenue.
– ¿Pasa algo afuera? – interrogó alguien.
Los pasajeros estaban sentados, expectantes de lo que el conductor hizo después de bajar unos momentos. Él, aún aturdido, se percató de que ya no sentía frío y de que ya no tenía ninguna herida en la piel. Caviló por varios segundos.
– No, no pasa nada. – dijo con temor.
Aceleró entre la espesa niebla. Extasiado por haber escapado de su pesadilla, no podía pensar en nada más que en llegar a su hogar. Pero un destello de luz al frente lo confundió; y el estruendo dio lugar al silencio.
Al día siguiente, en su casa, sobre una mesa, un periódico decía:
“Un siniestro vial ocurrió sobre la ruta 27 este martes alrededor de las (…) el transporte público habría sido embestido por un camión de la empresa (…)”.
Y puntualizaba:
“(…) del cual no hubo sobrevivientes (…) la niebla fue el factor clave para que (…)”.
FIN
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