Desde autos voladores, lentes de realidad virtual, videollamadas, casas inteligentes con cerraduras de huellas dactilares a hornos que hidratan comida instantáneamente, Steven Spielberg nos brindó su mirada utópica de la sociedad desde su película “Volver al futuro”, 1985. Por otro lado, Disney nos mostró la otra cara de la moneda, con su película “Wall-E”, 2008, con una mirada distópica e irónica del futuro, donde el consumismo extremo y la negligencia ambiental convierten a la Tierra en un vertedero inhabitable gobernada por una corporación, fuerza a la humanidad a vivir en naves espaciales. Los humanos se muestran obesos y dependientes de sillas flotantes y pantallas, mientras robots gestionan una sociedad automática. En ambos casos, dieron en el blanco en algunos aspectos. Se hicieron realidad las videollamadas, gracias a ellas la sociedad disminuye distancias y se realizan clases virtuales mediante conferencias en vivo; las cerraduras con huellas dactilares son utilizadas hoy en día, hasta el presentismo en los trabajos en empresas se concretan mediante las mismas y no hay que olvidar los alimentos procesados que, con un poco de agua en una olla, presentan almuerzo o cena de manera rápida.
Sin embargo, con la contaminación ambiental estamos logrando el cambio climático y
la vida en nuestro planeta está cada vez más amenazada por desastres naturales. A propósito
de amenazas… estamos muy dependientes de las pantallas y las piernas relajadas en el
sillón. Además, con los niños considerados “nativos digitales”, surge la pregunta inevitable:
¿Cómo se verá afectada la educación frente a los vertiginosos avances de la inteligencia
artificial? A continuación, se analiza esta realidad desde el abordaje de algunos autores clave.
La Advertencia de la UNESCO: ¿Quién está al mando?
La preocupación por la autonomía intelectual tiene un peso institucional crítico. Stefania Giannini (Giannini, 2023) advierte que la IA generativa ha irrumpido en las aulas sin
los controles de ética y calidad que históricamente han tenido los libros de texto. La autora señala que, al ser el lenguaje el eje de la civilización, el hecho de que las máquinas ahora
simulen este proceso con destreza nos obliga a revisar los pilares de nuestra sociedad.
Giannini destaca puntos fundamentales: el fin del monopolio del lenguaje, al dejar que
las máquinas atraviesen umbrales lingüísticos sin intervención humana ponen en duda nuestra capacidad natural más definitoria y la IA como “Oráculo”, a diferencia de un buscador
que ofrece un menú de ideas humanas, los chatbots generan respuestas singulares que
carecen de humanidad, elevando al “conocimiento de máquina” a una categoría de autoridad incuestionable.
La IA que lee por nosotros
Esta dependencia, que ya vislumbraba Disney, ha comenzado a colonizar nuestro intelecto. A este debate se suma la profesora Naomi Susan Baron en la entrevista hecha por Federico Vergari para la revista WIRED (BARON, 2024), quien advierte sobre un fenómeno
creciente: la IA que lee e interpreta por nosotros. Baron sostiene que, aunque el cerebro no sea un músculo físico, debemos entrenarlo para que siga siendo eficiente. Al abandonar la lectura de textos complejos en manos de resúmenes algorítmicos, perdemos la oportunidad de conectar lo leído con nuestras vivencias.
“¿Qué eres capaz de leer, escribir o investigar si no tienes acceso a un modelo de lenguaje?”,
se pregunta la autora, alertando que la comodidad de la IA nos quita la motivación para enfrentar textos difíciles por nuestra cuenta. Además, ella recalca que la escritura a mano estimula la creatividad y la memoria de una forma que la tecnología no puede replicar,
recordándonos que la “lentitud” de pasar una página física ayuda a fijar nociones aún mejor
que el scrolling infinito de un celular.
Si la IA se encarga de redactar y, como dice Baron, también se encarga de leer, el ser
humano queda fuera del proceso de construcción de sentido. Escribir es pensar; si dejamos que la máquina elija los ingredientes y decida el sabor de nuestros mensajes, estamos
renunciando a miles de años de evolución del pensamiento humano.
La realidad en las aulas
“La escuela ha entrado en la era de la IA sin un manual de instrucciones” (Nacho, 2026). En apenas tres cursos, herramientas como ChatGPT o Gemini han pasado de ser una
curiosidad a formar parte de la rutina, trasladando el debate de la prohibición hacia el uso estratégico y pedagógico. Según Meneses, la IA ya no se utiliza sólo para obtener respuestas rápidas, sino que ha empezado a cambiar la forma en que los alumnos aprenden.
Sin embargo, el impacto más profundo de esta revolución se siente en la evaluación.
Meneses plantea que el sistema tradicional, basado en la memoria, está en crisis: “Lo que no
tiene sentido es una evaluación memorística o basada en reproducir contenidos que una
inteligencia artificial puede generar de manera inmediata”. En lugar de medir cuánto puede
recordar un estudiante, el sistema debe ahora evaluar su capacidad para interpretar, relacionar y posicionarse críticamente frente a la información. Esto implica un cambio de lógica radical donde, si el conocimiento es inmediato, lo valioso deja de ser el dato y se prioriza la actitud y el saber qué hacer con él.
Conclusión: Recuperar el Mando
He aquí una reflexión con una mirada utópica sobre la tecnología en el libro de Daniel Cassany “La cocina de la escritura” (1999): “La cocina del escritor se ha llenado de todo tipo de artefactos sofisticadísimos. Siempre será mucho más agradable deslizar la pluma sobre la rugosidad de un papel de barba, pero nadie discute que cualquier ordenador mínimamente digno simplifica el trabajo. (…) Cuando todavía no nos hemos acostumbrado a escribir dentro del cubo del ordenador con un procesador normal, ya hay programas de redacción asistida para captar y organizar ideas, analizar el grado de legibilidad de un texto o traducir palabras y expresiones de ámbitos específicos”.
A esta visión, Umberto Eco (1991) añade:
“Por primera vez en la historia de la escritura, se puede escribir casi a la misma velocidad con que se piensa: sin preocuparse de las faltas. (…) Con el ordenador transcribes en la pantalla al mismo tiempo todas tus ideas sobre un tema. Tienes delante tu pensamiento, en bruto”.
Sin embargo, para comprender qué ponemos en juego al “tercerizar” nuestra redacción
a una inteligencia artificial que va, incluso, más allá del procesador de textos que conoció Eco,
debemos volver a la esencia de “La cocina de la escritura”. Cassany sostiene que escribir no
es simplemente cumplir con la “epidermis gramatical” (ortografía y sintaxis), sino que es un proceso profundo que requiere aptitudes, habilidades y, fundamentalmente, una actitud
personal. Delegar este proceso no es sólo ahorrar tiempo; es renunciar al momento en que el pensamiento se cocina y se ordena.
Por lo tanto, el verdadero desafío no es preguntarnos cómo nos adaptamos a la IA,
sino ¿cómo queremos que sea un mundo con IA? Como afirma Stefania Giannini, los sistemas
educativos deben devolver la influencia a los alumnos y recordarles que seguimos al mando
de la tecnología. No hay un rumbo predeterminado por el algoritmo; nosotros debemos trazarlo.
Esta postura coincide con la advertencia de Wall-E, si dejamos que la tecnología gestione nuestra capacidad de procesar el mundo, terminaremos viviendo en una “nave espacial intelectual”, cómodos y asistidos, pero incapaces de volver a poner los pies sobre la
tierra del pensamiento crítico. La inteligencia artificial puede ser el combustible que acelere
nuestros procesos, sin embargo, nosotros debemos ser los únicos conductores de nuestro
propio “Delorean” hacia el futuro. Defender el ejercicio humano —imperfecto, personal y, a
veces, lento— de la lectura y la escritura es, hoy más que nunca, nuestro mayor acto de
resistencia.
Autora: Julieta Celina Baez

