Interpretar y comprender los sucesos históricos de la humanidad exige un abordaje profundo, significativo y riguroso, que combine análisis e interpretación objetiva desde múltiples perspectivas. Todo fenómeno histórico debe ser entendido en su contextualidad espacio-temporal, atendiendo a sus causas y a sus posibles efectos, con el objetivo de generar conocimiento, construir un relato fundamentado y formar una opinión crítica sobre las posiciones ideológicas, políticas y económicas en juego. Resulta, en consecuencia, prácticamente inaceptable analizar estos procesos desde una única mirada o enfoque.

En este sentido, la Geopolítica ofrece una visión integral: una mirada contextualizada en el espacio y en el tiempo que, a través de su marco teórico e ideológico, permite abordar la complejidad de los fenómenos mundiales. Desde la geopolítica es posible comprender lo que ocurre en la economía, la geografía, la historia, la sociedad, el pensamiento y las ideas -y contradicciones- ideológicas. Además, es posible analizar el “campo de batalla”, evaluar los instrumentos y herramientas en disputa y, a partir de ello, construir conocimiento con pretensión de objetividad.

Dentro de este marco, la geopolítica se centra en el estudio de la lucha por el poder y por el dominio de los recursos a escala global. Esto incluye tanto recursos tangibles —naturales (RRNN), energéticos (RREE), humanos (RRHH)— como intangibles, entre ellos el conocimiento, la tecnología y la información. Para dicho dominio se despliega una vasta gama de instrumentos (tangibles e intangibles). Por un lado, el Hard Power: desde la guerra convencional hasta las nuevas concepciones en el arte de hacer la guerra; las formas clásicas de dominio (las invasiones, el imperialismo y el colonialismo); el dominio terrestre, marítimo y aéreo; la dependencia tecnológica, espacial y satelital; y las biotecnologías aplicadas a la producción. Por otro lado, el Soft Power, que se expresa en la geopolítica del pensamiento, la cual será desarrollada más adelante.

El poder se manifiesta también en la conformación de grandes bloques económicos, en las relaciones comerciales asimétricas, en los bloqueos económicos, comerciales y financieros, en el desabastecimiento de recursos y en el aislamiento internacional. El objetivo es claro: la estrangulación económica y financiera, deteriorando la capacidad productiva y operativa de los Estados hasta condicionar su soberanía.

A ello se suman los organismos supranacionales —ONU, OEA, CEE, FMI, BID, BM, OMS, OMC— que con frecuencia responden más a intereses específicos que a las verdaderas necesidades de los pueblos. En el mismo plano operan las grandes corporaciones multinacionales: energéticas, tecnológicas, alimenticias, farmacéuticas y, de forma central, las armamentísticas. Especial mención merecen las nuevas tecnologías basadas en inteligencia artificial, hoy integradas al oligopolio de redes, medios e instrumentos de comunicación, que moldean y direccionan el pensamiento humano en las dimensiones ideológica, política, económica y sociocultural.

La batalla tecnológica es tan antigua como la propia evolución humana y como la supremacía de unas sociedades sobre otras. Desde el control del 5G y de las redes satelitales hasta el flujo masivo de información, las comunicaciones, las transacciones financieras y los sistemas de gobierno, todo forma parte del mismo escenario. A ello se agrega el control de las biotecnologías y de la soberanía alimentaria, la influencia sobre los sistemas de salud, la medicina y los grandes laboratorios internacionales, así como la industria armamentística y la sumisión ideológica.

Un ejemplo contundente de estos mecanismos es el sistema financiero internacional SWIFT, bajo control y voluntad exclusiva de los Estados Unidos. Esta red de comunicación financiera global permite imponer sanciones, restricciones o embargos financieros como auténticas herramientas de presión geopolítica, y está diseñada para favorecer el flujo de capitales hacia las grandes economías centrales.

Estos mecanismos suelen pasar inadvertidos en la vida cotidiana: la relación cambiaria, la manipulación del valor de la moneda, la tasa de interés de la Reserva Federal de los EE. UU., o el manejo de la información financiera y bursátil a escala global. Todo ello forma parte del mismo entramado de poder.

Mención especial merece la internacionalización de los precios de los commodities. Los recursos extractivos suelen fijar precios internacionales que excluyen los costos sociales y ambientales de su producción, trasladando de manera invisible esos costos a las economías periféricas. Este fenómeno -la “inflación importada”- se expresa claramente en conflictos como la Guerra del Golfo Pérsico, donde el aumento del precio internacional del petróleo impacta directamente en los combustibles locales, bajo la apariencia de “libertad de mercado”.

Otro instrumento clave es el lawfare o guerra jurídica: la utilización del sistema judicial como arma política para perseguir, inhabilitar o destruir adversarios. A través de causas judiciales sin sustento sólido, amplificadas mediáticamente, se busca dañar reputaciones, condicionar liderazgos y judicializar la política antes de cualquier sentencia firme.

Geopolítica del pensamiento y del poder

La mente humana se ha convertido en un campo de batalla. El objetivo ya no es únicamente ocupar territorios —estrategia costosa y generadora de rechazo internacional—, sino infiltrar el subconsciente colectivo, implantar valores e ideas tan profundamente que las sociedades actúen convencidas de que esas decisiones son propias.

¿Por qué limitarse a los recursos naturales cuando se puede dominar el capital humano, la ciencia, la tecnología, las infraestructuras y hasta los costos sociales y ambientales de una sociedad? Ambas formas de dominación coexisten, pero hoy se profundiza la dependencia tecnológica y la sumisión ideológica mediante instrumentos cada vez más sofisticados. Sociedades convencidas de gastar en armamentos, exponiendo su propio territorio y utilizando a su población como carne de cañón.

Desde la occidentalización aristotélica, con su noción de democracia y “libertad” elevada a modelo único, hasta la educación —lejos de ser neutral—, todo forma parte de la construcción ideológica. Los planes de estudio, los contenidos que se enseñan y los que se omiten, los enfoques interpretativos y los objetivos educativos moldean la matriz de pensamiento de las futuras generaciones.

El manejo oligopólico de los medios y redes de comunicación, mediante algoritmos que filtran contenidos y designan agendas, construye una realidad funcional a determinados intereses. La llamada “fabricación del consenso”, en términos de Noam Chomsky, es una pieza central de este proceso.

En la cultura y el arte -cine, música, literatura, entretenimiento- se consolidan modelos de éxito, estereotipos y estilos de vida aspiracionales. Sin embargo, esta dominación no es absoluta. La soberanía del pensamiento implica reconocer, analizar y decidir conscientemente frente a estas influencias, para ejercer, en última instancia, la soberanía de las decisiones.

Centro y periferia

Las grandes economías centrales, por su tamaño y volumen, requieren más recursos de los que poseen, lo que las impulsa a buscarlos en otros territorios. Pero el verdadero objetivo trasciende los recursos: dominar a las sociedades en su conjunto y utilizarlas como instrumentos dentro de los conflictos internacionales. Muchas veces no se percibe con claridad el campo de batalla ni los instrumentos en juego; sin embargo, todos -queramos o no- participamos de esta disputa.

Síntesis y propuesta

La Geopolítica es la ciencia que estudia la causalidad espacio-temporal de los hechos políticos, sus efectos presentes y futuros, y el entramado de relaciones internacionales con base económica y tecnológica. Permite comprender quién ejerce el poder, cómo lo hace y con qué fines, anticipando escenarios futuros. En definitiva, la geopolítica es la lucha por el dominio de los recursos, por la subsistencia de unas sociedades y la supremacía de otras.

Conclusión: toda sociedad que no desarrolle su potencial corre el riesgo de desaparecer o ser absorbida. Por ello, es imprescindible construir una geopolítica propia, una escuela de pensamiento nacional y cuadros formados al servicio de la soberanía. Argentina posee una rica tradición geopolítica, hoy relegada. Recuperarla y desarrollarla es una tarea estratégica y urgente.

Autor: Ubaldo Quirico

Sobre el autor: Ubaldo es Profesor en Ciencias Económicas. Realiza servicios profesionales y de asesoramiento de empresas. Es docente del Instituto Alberti y posee una gran trayectoria en diferentes instituciones educativas de la ciudad.