La mujer de hoy, ¿ya no es mujer?

Hoy, 8 de marzo, me encuentro escribiendo este artículo sobre las mujeres. Técnicamente, es el Día Internacional de la Mujer, pero en la concepción de lo que se podría incluir aquí se me ocurrieron dos cosas. Primero, que la mujer, en realidad, son todas las mujeres y sus realidades. Y segundo, que cada una de ellas es una mujer los trescientos sesenta y cinco días del año y las veinticuatro horas del día. Por ello, llegué a la conclusión de que la mejor manera de abordar el tema de la mujer es a través de las voces de varias mujeres de diferentes generaciones, países y condición socioeconómica de tal manera que las palabras a continuación sean las portadoras de sus vivencias, desafíos y expectativas para el futuro. Todas tuvieron sus años formativos en la segunda mitad del siglo pasado. Algunas ven a la mujer de hoy como un progreso. Otras, no tanto.  

Las mujeres y sus desafíos

Todas estas voces coincidieron en que el obstáculo más difícil de superar en sus vidas fue navegar las expectativas contradictorias que la sociedad donde crecieron les imponía ya desde su infancia: cómo comportarse, cuáles son sus prioridades, su rol en la familia, en la sociedad, en el mundo laboral. La mujer debía ser más silenciosa, más complaciente, más orientada al hogar. Estas exigencias implícitas en todos los aspectos de la vida suponían una contradicción con lo que se esperaba de cada una de ellas individualmente. “Por un lado, se nos pedía ser independientes y exitosas. Por otro, persistía esa presión invisible de ser la cuidadora, de no ser demasiado intensa, de priorizar siempre a los demás”, dice una goyana, madre de dos hijas a las que crió cuando su marido dejó el hogar repentina e inesperadamente. 

Otra mujer comenta que construir su carrera de veterinaria en los años ’70 implicó moverse en un mundo de prejuicios. En ese momento, la gente de campo se oponía a aceptar que una mujer sea capaz de tratar a sus animales, puesto que no tenía la misma capacidad física del hombre. Se consideraba que a la hora de estudiar, ciertas carreras eran más propicias para las mujeres: la de maestra o enfermera, ni siquiera médica. O sea, carreras que se consideraban una extensión de la labor de cuidadora de la casa, pero en la sociedad.

El deseo de ser independiente económicamente debía ser más fuerte que la familia y sus expectativas de que el lugar de la mujer estaba en la casa, con un marido y con hijos. Para el padre de una de ellas, no era un camino natural empezar a trabajar inmediatamente después del secundario. Por suerte, ya no se necesitaba su permiso para poder hacerlo. Fue una situación diferente a la de otras antes que ella que sí debieron obtener ese permiso previamente. Su abuela le debía pedir a su hijo que fuera a su padre para que éste le dé los cinco centavos necesarios para comprar el azúcar y, así, hacerle sus tortas. Ve como un avance el consejo que le dio la abuela a su padre antes de casarse. Le recomendaba que entregara su sueldo a la madre, ya que ella era quien iba a administrar “la casa”. Dos generaciones más tarde, tanto ella como su marido salían a trabajar para pagar sus cuentas. Un mundo aparte al de los cinco centavos.

Sin embargo, en su opinión, los cambios han alcanzado extremos que son negativos para la sociedad. “El feminismo es el machismo de nuestros días”, dice. “Ahora las mujeres no te dejan que un hombre les abra las puertas, les dé un asiento en el colectivo. Yo soy femenina y me gusta ser coqueta. ¿Qué tiene de malo que me vean así, como mujer? Y yo no soy inferior porque me abras una puerta. Para mí ahora vamos para atrás. Ahora la mujer se quiere empoderar y ser más fuerte que el hombre”. Sin embargo, su concepto del feminismo está tergiversado. Para los pensadores del movimiento feminista (ellos y ellas) se trata de que los hombres y las mujeres tengan acceso a los mismos espacios independientemente de su género, ya sea biológico o por una elección. Como ideología, se trata de derribar las barreras y los prejuicios que identifican a la mujer como “inferior”. Una mujer tiene tanta capacidad como un hombre para elegir a sus representantes, ser propietaria de un inmueble, estudiar una carrera universitaria, tener una profesión o llevar adelante una empresa. No necesita permiso de un padre o un marido para conseguir un trabajo, o para ser veterinaria, cuidar y curar a los animales de campo por su capacidad física. No se trata de destruir a los hombres o atacar su masculinidad, sino de equiparar lo femenino y lo masculino al mismo nivel, de derribar los prejuicios de inferioridad y superioridad derivados de una concepción de roles de género que inherentemente afecta de forma negativa tanto a mujeres como a hombres.

Otra de las voces señala que durante su infancia a finales de la década de 1970 se vio obligada a escuchar las críticas de sus familiares y vecinos (a las mujeres, claro): que no valían para nada porque no sabían cocinar o dejaban quehaceres de casa para otro día, se levantaban tarde o se veían con amigas para salir. Cuando era niña sufrió un desprecio proporcionado porque no sabía cocinar como la hija de la vecina. Y concluye: “Con 10 malditos años, ¿qué niña debe aprender a cocinar a no ser por extrema necesidad? A mi hermano jamás se le pidió que aprendiera a limpiar o a lavar los platos”. Se lamenta que escuchar esas críticas se normalizó a tal punto que ella misma empezó a hacer crítica de otras niñas y mujeres.

Las transformaciones de las que estas mujeres han sido testigos

Al mismo tiempo que estas voces se encontraban en ese ámbito restrictivo y opresor, otras ya vivían las libertades que la revolución feminista de los años ’60 les había conseguido con la pastilla anticonceptiva. El efecto liberador del sexo sin miedo despertó en las mujeres de toda una generación una conciencia de que se podía lograr la libertad en muchos otros aspectos de la vida. Fue una evolución hacia una revolución. Otras tuvieron la suerte de que sus madres fueran figuras transgresoras, es decir, no cabían en el paradigma de restricción. 

Algunas, a pesar de enfrentar al mundo real sin una educación adecuada para abordar situaciones en las que deberían defenderse de la marabunta machista (a veces debían callar y aguantar), su interés por conocer otras realidades les dio nuevas herramientas. Estas les permitieron desatarse de las cadenas opresoras del prejuicio y exigir los cambios sociales y legislativos que suponían una barrera para el pleno desarrollo de su potencial como persona (estado que va más allá de ser hombre o mujer). Las mujeres transgresoras descubrieron que ya no debían callarse ante las preguntas del tipo “¿estás casada?” o “¿pensás tener hijos?”. Incluso, frente a planteos como “si tus padres son mayores, los tenés que cuidar”, o la sorpresa que generaba cuando la mujer decía que sabía manejar, como si el volante fuera un elemento para el hombre, naturalmente, y no para la mujer. Aquellas preguntas son interrogaciones para determinar el valor y la capacidad. Para la candidata política, esas expresiones ahora están prohibidas. El ser mujer no define su idoneidad para una carrera, una profesión. El look no define a una mujer. En el hogar se colabora, y la mujer no tiene que cargar con todas las responsabilidades. Termina su testimonio con esta revelación: “Podemos abortar sin miedo a morir”.

Visiones de un futuro mejor para todos

Queda mucho por hacer y, de este modo, lograr un mundo mejor para todos. Las mujeres quieren que el sentirse inseguras se convierta en algo del pasado. Esperan que haya intervención tanto de hombres como de otras mujeres para oponerse al acoso sexual que ellas sufren. Quieren que, por ejemplo, el comportamiento impune de un profesor que “le mete manos” a su alumna no tenga lugar en ninguna sociedad. Ellas piden alcanzar una seguridad real. El poder caminar, trabajar y vivir sin el peso del miedo. Piden que ni la impunidad ni la ideología de aquellos “dinosaurios vivientes” con ideas anticuadas sobre la inferioridad de la mujer por ser mujer arriben al mismo destino: la extinción absoluta.

Ellas quieren (y espero que ellos también) que el discurso, la palabra se transformen en hechos cotidianos: que la igualdad de género sea una realidad, y que, por ejemplo, las tareas del hogar las realice quién pueda y quiera, independientemente de ser hombre o mujer, por condición biológica o por elección. Ellas esperan que se abran espacios donde no se castigue a la mujer en su trabajo por haber tenido un hijo. Una de las colaboradoras para este artículo pone como ejemplo a la actriz Úrsula Corbero: “Acababa de dar a luz, y su marido se fue a trabajar a la otra punta del mundo a las 48 horas que ella pariese. Pero si hubiera sido ella la que se iba de viaje por trabajo, se la etiqueta de mala madre”.  Desean, para las futuras generaciones, que sigan proliferando referentes: mujeres preparadas para dirigir y tomar decisiones. Desean que sea natural poner límites y que la innovación y los cambios sean de carácter inclusivo para el desarrollo de la persona en su versión más plena. Esperan no sentirse solas en sus luchas, sabiendo que los obstáculos son coyunturales, sociales e institucionales, no personales.

“Queremos que el éxito de la mujer, tanto como la del hombre, sea la norma y no la excepción”.

Autor del artículo: Pablo Guillermo Escobar