Hay algo profundamente humano en buscar a los nuestros. Mucho antes de que existieran las redes sociales, las grandes ciudades, los teléfonos inteligentes y los algoritmos capaces de mostrarnos miles de personas que piensan como nosotros, los seres humanos ya construían grupos alrededor de aquello que consideraban valioso, verdadero o propio. Compartíamos símbolos, costumbres, relatos, formas de vestir, maneras de hablar y también enemigos. La pertenencia no era solamente una forma de estar con otros: era una manera de saber quiénes éramos.
Ese mecanismo continúa hoy, aunque las condiciones hayan cambiado de forma radical. Hoy vivimos en ciudades donde las personas pueden encontrarse físicamente todos los días y, sin embargo, habitar mundos sociales completamente diferentes. Compartimos calles, plazas, escuelas, trabajos y medios de transporte, pero podemos estar separados por universos complejos cargados de significados. La ciudad contemporánea no solamente está atravesada por diferencias de economía, cultura o política. También está fragmentada por comunidades simbólicas que se construyen, fortalecen y reproducen en variedad de espacios.
Las podemos nombrar como tribus 2.0. No necesariamente se trata de grupos formalmente organizados. No tienen que contar con autoridades, estatutos ni lugares de reunión. A veces ni siquiera conocen personalmente a la mayoría de quienes forman parte de ellas. Basta compartir determinadas ideas, sensibilidades, consumos, indignaciones, referentes, estilos de vida o enemigos para comenzar a experimentar algo parecido a una pertenencia.
Una persona puede sentirse parte de una comunidad formada por miles de individuos a quienes jamás verá cara a cara. Puede reconocerlos por una expresión, un símbolo, una fotografía, una consigna o una determinada manera de interpretar un acontecimiento. Puede sentirse comprendida por desconocidos y, al mismo tiempo, profundamente enfrentada con otros desconocidos. La paradoja es evidente: nunca tuvimos tantas posibilidades de conectarnos y, sin embargo, tampoco fue tan sencillo construir mundos separados.
Toda persona necesita establecer vínculos significativos con otros. Necesitamos el reconocimiento, el intercambio, cooperación, identificación y un cierto sentimiento de pertenencia. El grupo, en sí mismo, no es un simple agregado de individuos; el grupo, modifica lo que pensamos, lo que sentimos y también las posibilidades que tenemos para actuar. Cuando ingresamos a uno, no llevamos solamente nuestras características personales. Llevamos una historia, experiencias, aprendizajes, expectativas y maneras de interpretar la realidad. Y el grupo, a su vez, nos ofrece un marco desde el cual mirar el mundo.
Esto resulta fundamental para comprender el fenómeno de las tribus contemporáneas. Una comunidad puede ofrecernos sentido. Cuando alguien encuentra un grupo que parece expresar aquello que ella siente pero no podía formular, aparece la increíble experiencia de “ellos entienden lo que me pasa”. Y a partir de allí, comienza una identificación.
El problema no está en identificarse, toda vida social supone identificaciones. Este aparece cuando la identificación deja de ser un puente y comienza a convertirse en una frontera. Cuando “nosotros” necesita necesariamente un “ellos”, la pertenencia comienza a organizarse alrededor de la diferencia. Y cuando esa diferencia es presentada como una amenaza, el grupo deja de preguntarse qué está defendiendo para comenzar a preguntarse contra quién debe defenderlo.
La palabra “tribu” puede resultar connotativamente provocadora cuando la utilizamos para describir sociedades urbanas modernas. Y en contraste, permite observar una cosa que muchas veces nos la olvidamos: que las personas no se organizan únicamente alrededor de instituciones formales. Tienden, más bien, a hacerlo alrededor de símbolos, relatos, emociones y experiencias comunes. La tribu contemporánea no necesita vivir en un territorio determinado; y hoy, puede vivir en una pantalla.
Puede aparecer en un grupo de mensajería, una comunidad digital, una cuenta de redes sociales, un foro, una transmisión en vivo o incluso en los comentarios de una publicación. Puede constituirse alrededor de un músico, una corriente cultural, un deporte, una causa social, una posición política, una concepción de familia, una determinada manera de entender la educación o incluso una forma particular de interpretar acontecimientos cotidianos.
La tecnología no inventó la necesidad de pertenecer. Lo que hizo fue ampliar extraordinariamente sus posibilidades. Antes, para encontrar a quienes compartían determinadas ideas, era necesario desplazarse, asistir a reuniones, frecuentar determinados lugares o pertenecer a organizaciones. Ahora podemos encontrarlos en segundos. Pero hay más, las plataformas digitales no solamente permiten encontrar personas semejantes. También permiten permanecer expuestos a ellas.
Aquí nace la reducción progresiva de la diversidad de experiencias, uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo. Si una persona observa permanentemente contenidos que confirman aquello que ya piensa, conversa principalmente con quienes comparten sus posiciones y recibe aprobación cada vez que expresa determinada perspectiva, comienza a producirse un entorno donde la propia visión del mundo parece mucho más evidente de lo que realmente es.
La realidad comienza a parecerse al grupo. Y el grupo comienza a parecerse a la realidad.
Podemos imaginar la ciudad de hoy como un enorme laboratorio intercultural, la convivencia urbana pone constantemente en contacto formas diferentes de comprender el mundo. En una misma ciudad pueden convivir generaciones, culturas familiares, tradiciones, estilos de vida, lenguajes, posiciones ideológicas, experiencias y expectativas, todas completamente diferentes.
La ciudad nos obliga, en principio, a encontrarnos. Pero encontrarnos no significa comprendernos. Un laboratorio intercultural saludable no elimina las diferencias. Las hace visibles y permite trabajar con ellas. Su materia prima es precisamente aquello que puede resultar incómodo: el otro que habla diferente, que interpreta de otra manera, que utiliza otros códigos, que tiene una historia distinta o que concede importancia a cuestiones que para nosotros parecen secundarias.
La interculturalidad, así entendida, consiste en desarrollar capacidades para convivir con diferencias reales. Eso requiere aprendizaje. Y todo aprendizaje implica cierta modificación de nuestros esquemas previos.
¿Qué ocurre cuando abandonamos ese laboratorio intercultural y comenzamos a vivir únicamente dentro del propio laboratorio? Cuando una persona puede seleccionar casi completamente aquello que ve, escucha y conversa, disminuyen las oportunidades espontáneas de confrontar sus propias interpretaciones con otras experiencias. La diferencia deja de ser una experiencia cotidiana y puede convertirse en una representación.
Ya no conocemos al otro. Conocemos aquello que nuestro grupo dice sobre el otro.
Una de las características de la comunicación contemporánea es la velocidad. Una frase viaja de una ciudad a otra en segundos. Una fotografía puede ser vista por millones de personas antes de que alguien pueda explicar dónde se hizo. Un fragmento de una conversación puede circular separado de las circunstancias en las que fue pronunciado. La información viaja rápidamente. El contexto, no siempre.
Y cuando el contexto desaparece, el significado puede transformarse. La descontextualización no significa necesariamente que una información sea falsa. Algo puede haber ocurrido y a la vez ser insuficiente para comprender lo ocurrido. Una escena puede ser verdadera y, al mismo tiempo, engañosa. Una frase también, y sin embargo, puede adquirir otro significado cuando se la separa de la conversación completa. Un comportamiento puede ser real y, no obstante, resultar incomprensible si desconocemos aquello que lo antecedió.
Cuando las tribus utilizan fragmentos de realidad para construir imágenes completas de personas o grupos, el otro deja de ser una persona situada. Se transforma en un personaje. Y los personajes son más fáciles de odiar que las personas. Aparece la idealización; que significa construir una representación excesivamente positiva de aquello con lo que nos identificamos, mientras simultáneamente simplificamos o exageramos aquello que pertenece al otro lado.
En una relación cotidiana, una persona difícilmente puede sostener durante mucho tiempo una imagen completamente idealizada de otra porque la convivencia introduce contradicciones. Descubrimos que quien comparte nuestras ideas también puede equivocarse. El encuentro directo introduce complejidad. La distancia puede eliminarla.
La realidad pasa a ser interpretada con dos reglas diferentes. Y cuando una comunidad comienza a utilizar dos reglas distintas para juzgar comportamientos equivalentes, la polarización ya no es una diferencia de opiniones. Es una forma de organizar la percepción.
No podemos comprender al individuo separado de las relaciones y situaciones en las que participa. No pensamos en el vacío. Pensamos siempre con otros, contra otros, a partir de otros y muchas veces incluso antes de encontrarnos con ellos. El vínculo constituye una de las principales vías mediante las cuales construimos nuestra experiencia del mundo.
Por eso las tribus 2.0 son espacios de producción de realidad. ¿Qué se considera importante? ¿Qué se considera ofensivo? ¿Qué se considera verdadero? ¿Qué se considera intolerable? ¿Quién merece reconocimiento? ¿Quién merece ser excluido? ¿Quién es presentado como víctima? ¿Quién aparece como amenaza?
Las respuestas se construyen y reconstruyen dentro de los vínculos. Esto explica por qué una persona puede modificar progresivamente su manera de interpretar un acontecimiento sin advertir que está modificando también su relación con el grupo al que pertenece.
En determinado momento, dejar de compartir una opinión puede sentirse como dejar de pertenecer. Y cuando la pertenencia está en juego, pensar libremente puede resultar mucho más difícil.
El problema no es que existan posiciones diferentes. El problema es que esta sea vivida como una amenaza a la propia identidad. Cuando esto pasa, el debate deja de girar alrededor de las ideas y comienza a organizarse sobre las identidades. Ya no discutimos qué hacer, discutimos quiénes somos.
Y si una determinada posición pasa a definir completamente la identidad de una persona, cuestionar esa posición puede ser vivido como cuestionar a la persona misma. Así se construye una cultura donde tener matices puede resultar sospechoso.
Puede existir una escalada. Primero se produce una diferencia, despues una identificación. Después aparece una división entre “nosotros” y “ellos”. Más tarde se simplifica al otro. Luego se lo descontextualiza. Después se lo representa mediante estereotipos. Y finalmente se comienza a justificar la hostilidad hacia aquello que ese otro representa.
No todas las polarizaciones llegan a la violencia. Pero ella encuentra condiciones más favorables cuando las personas dejan de percibir individuos concretos y comienzan a percibir categorías.
Cuando alguien ya no es “una persona con la que no coincido”, sino “uno de ellos”, se modifica la relación. La distancia psicológica aumenta. Y cuanto más abstracto se vuelve el adversario, más sencillo puede resultar atribuirle intenciones homogéneas.
La historia demuestra que las grandes violencias colectivas rara vez comienzan con el acto violento. Comienzan en la forma en que se aprende a mirar a otra. Por eso resulta necesario prestar atención a los pequeños mecanismos cotidianos de deshumanización. Una burla repetida, un estereotipo, una generalización.
El fenómeno adquiere relevancia en las ciudades, un territorio de alto privilegio para el encuentro intercultural. Pero también puede convertirse en un territorio privilegiado para la fragmentación.
No siempre existe una única ciudad. Existen muchas ciudades superpuestas. Y las tribus de hoy tienen la capacidad de reforzar esas ciudades paralelas. Cada grupo selecciona determinadas experiencias, imágenes y relatos. El resultado puede ser una ciudad físicamente compartida pero psicológica y simbólicamente fragmentada.
La comunicación digital produce una ilusión de proximidad extraordinaria. Podemos saber qué piensa alguien que vive a miles de kilómetros y desconocer profundamente al vecino que vive detrás de nuestra pared. La proximidad tecnológica no produce proximidad humana. Esta diferencia debería tener un lugar central en nuestra reflexión sobre las sociedades contemporáneas.
El desafío es: construir condiciones para que la pertenencia no destruya la capacidad de relacionarnos con quienes no pertenecen.
Otra vez aquí, aparece la idea del laboratorio intercultural. Una sociedad saludable es aquella que puede sostener diferencias sin convertirlas automáticamente en amenazas. Para eso necesitamos recuperar espacios de encuentro reales, donde no podamos seleccionar únicamente las palabras que queremos escuchar. Ese encuentro introduce la presencia del otro como persona.
Cuando alguien habla frente a nosotros, recupera dimensiones que la pantalla puede reducir. Y el otro vuelve a ser alguien situado.
Existe también una tarea hacia adentro. Toda comunidad necesita desarrollar la capacidad de revisar sus propias certezas. Una tribu que solamente cuestiona a las demás termina convirtiéndose en una estructura cerrada.
Algunas de las preguntas socialmente saludables pueden ser: “¿Qué estamos dejando de ver nosotros?”. ¿Qué información no estamos considerando? ¿Qué comportamiento justificaríamos si lo hiciera alguien de nuestro grupo, pero condenaríamos si lo hiciera el grupo contrario? ¿Qué prejuicios estamos reproduciendo? ¿Qué personas quedan fuera de nuestro relato? ¿Qué parte del contexto estamos omitiendo?
Estas preguntas vuelven más madura la identidad colectiva.
La pertenencia no exige obediencia. Un grupo capaz de tolerar la pregunta es más flexible que aquel que necesita respuestas permanentes.
Que no se confunda la adaptación con la resignación. Adaptarse activamente significa poder leer una realidad cambiante, reconocer sus condiciones y actuar sobre ella sin quedar completamente sometido a ellas.
Esto implica aprender a participar de comunidades sin perder la capacidad de observarlas. Pertenecer y, al mismo tiempo, conservar cierta distancia reflexiva. Defender una posición sin convertir al adversario en enemigo absoluto. Aceptar que nuestra propia mirada también está situada. En definitiva, aprender. Modificar nuestra manera de relacionarnos con aquello que ya creíamos saber.
La cuestión, entonces, es qué hacemos con las posibilidades que las redes nos ofrecen. Quizá necesitemos recuperar la capacidad de encontrarnos con el otro antes de definirlo.
No podemos detener progreso. Sí podemos decidir cómo participar de él. Podemos utilizar nuestras comunidades para ampliar nuestra mirada o para encerrarla. Convertir la diferencia en una amenaza o en una oportunidad de aprendizaje. El laboratorio intercultural está ahí, en cada ciudad, escuela, institución, familia, espacio público y también en cada pantalla.
La pregunta no es si vamos a convivir con personas diferentes.
Ya lo estamos haciendo.
La pregunta es qué haremos con esa diferencia.

Sobre el autor: Lisandro es psicólogo social, coach ontológico profesional. Diseña y desarrolla intervenciones en lo organizacional civil, educacional y familiar. Desempeña funciones de asesorías pedagógicas y reúne todo el expertise de su práctica profesional para desarrollar procesos de aprendizaje autónomos y eficientes.
