La sombra de la luna me sigue.
Nunca entendí por qué debía temerle más que a la luz del Sol.
Me dijeron que su hemisferio de obscuridad define
lo que a veces experimentan
tanto los hombres como las mujeres.
De su luz tenue, pero enceguecedora, huyo,
es blanca y fría, te atraviesa sin quemar tu piel.
Son como dagas azules
sus rayos suaves.
Ni bajo la protección del cemento
puedes esquivarlos.
Tu cuerpo deja de pertenecer a la pobre humanidad
que te envuelve.
La Luna desgarra tus vestiduras en un frenesí
doloroso y placentero a la vez.
¿Has sentido cómo la piel se separa cuando el cuchillo
la penetra y de ella emergen gotas incesantes
de tu dulce sangre?
¿Has sentido el dolor que provoca el
corte del filo de la hoja de papel?
Nunca se va hasta que cicatriza.
Nunca se va. Late la vida en ese corte.
Así me siento cuando la Luna
me encuentra.
A veces, tengo tiempo de quitarme la ropa.
Otras, se convierte en harapos que
al siguiente día debo recoger
para evitar los comentarios de mis vecinos.
Un sonido indómito surge de
mi cavidad bucal cada vez que ella me encuentra.
Por más que me esconda
en los canales más profundos y obscuros,
ella me encuentra.
Y me duele el cuerpo.
Y me duele el alma.
Yo le temo a ella. Ellos me temen a mí.
Mucho se dice de mi persona, pero pocos
saben quién soy.
Tal vez estoy a tu lado,
deleitándome con el perfume de flores amaderadas que usas.
O tal vez soy
el que te mira a los ojos y lee
para vos esta historia que ahora es poesía.

