Al Indio, con amor

Es un tiempo lóbrego para quienes disfrutamos de la música de Carlos Alberto Solari, El Indio. Parte de nuestra juventud se acabó con la muerte del ídolo. Me refiero a esa juventud que persistía en la vigorosidad de una memoria del pasado directamente conectada a las canciones de Los redondos o a las composiciones que el Indio hizo junto a Los fundamentalistas del aire acondicionado, muchas de ellas tan bellas y trascendentes como las que logró con la mítica banda. Juventud preservada y atesorada, digo, en cuerpos de cuarentones y cincuentones que con los primeros acordes de La Bestia Pop o de Juguetes perdidos se volvían, de pronto, nuevos.

Con la muerte del Indio, muchos se pusieron cara a cara, otra vez, con la finitud. Porque con la partida de Maradona pasó algo similar: si la muerte se llevó al niño eterno de Villa Fiorito, ¿qué no hará conmigo? Porque para muchos de nosotros el Indio era un paisaje vital consabido, presencia que operaba como referencia fuerte de nuestra propia existencia, de nuestra cultura más personal, de nuestra formación, de nuestras ideas, de nuestro mundo abigarrado ab initio. Nacimos y ahí estaba en la radio alguna canción de Los redondos. Crecimos, ahí estaba. Nos hicimos grandes, con saldos negativos en el banco y turno pendiente con el urólogo, y ahí estaba. Como si él, un hombre, Carlos Alberto Solari, hubiera estado desde siempre y nos hubiera traído al mundo. Hay en todo esto algo de religioso y de prosaico.

Cosas extrañas que ocurren con el grupo humano: lo queríamos, yo lo quería mucho. Quizás ese influjo que algunos grandes personajes tienen en nosotros entra y se arraiga primero en el sentir y de allí desciende hasta el intelecto, que pone, como puede, en palabras y en conceptos aquello que en el corazón y en los nervios había quedado acabadamente claro. De aquí concluyo que para que haya buenos discípulos de personas tan esclarecidas es necesario sentir amor por ellas. No faltarán los analistas de toda laya que empiecen a hablar de los vicios de las masas, incorregibles siempre, siempre con el sentimiento a flor de piel.

Me revienta no haber podido ir a algún recital del Indio. Es que para los del interior todo queda tan lejos. Pero lo he escuchado toda la vida y he tratado de nutrirme de esa poesía que los tontos ilustrados consideran demasiado laberíntica y que en el más humilde pasillo de un barrio, entre los despojados, es mantra de un mural o marca imborrable sobre la piel, seda de sedas.

Hay algo del orden de lo político que siempre me pareció fascinante en la obra del Indio, me refiero a esa capacidad para señalar en una canción a los enemigos de todos: los que lucran con nosotros, con nuestro tiempo, con nuestro placer, con nuestro estado de ánimo. Es tema que da para largo, para otra ocasión.

El Indio, a pesar de esas lamentaciones en sus últimas canciones, ha podido cumplir muchas promesas y ha hecho en su vida muchas hazañas. No podemos reprocharle nada. Nos ha hecho felices. A despecho de los jodidos, nos ha hecho inmensamente felices. Mientras escribo esto, gruesas gotas caen por mi cara y allende la ventana, sobre el asfalto, el cielo hace lo propio. En un poster viejo lo veo gritar.