A fines del siglo XIX, cruzar el Atlántico para ir a tierras desconocidas, a empezar una nueva vida, era, como mínimo, una experiencia fuerte. Ese tipo de experiencia es la que Lorenzo Tomasella y su familia, naturales de Treviso, Italia, tuvieron que atravesar para llegar a tierras correntinas, allá por 1899. En nuestro país eran aún tiempos de construcción del Estado nacional, aunque las políticas de fomento de la inmigración, cristalizada en la Ley de inmigración de Avellaneda, ya habían cumplido más de veinte años y una severa crisis económica generaba cimbronazos que redefinieron el proyecto liberal gobernante,
presidido en ese entonces por Miguel Juárez Celman.
Según el genial libro de Fernando Devoto, Historia de la inmigración en la Argentina, a nuestro país arribaron, desde fines del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, alrededor de 4,2 millones de europeos, distribuidos en distintas oleadas migratorias. De estos grupos de inmigrantes del viejo continente, 2 millones provenían de Italia y 1,4 de España. A nivel comparativo internacional, el destino argentino se distinguió por captar un alto porcentaje de grupos familiares y de personas que declaraban ocupación, registrándose tasas de retorno significativamente más bajas en comparación con otros países americanos (el 36% retornó entre 1881 y 1910). Esto quiere decir que muchos de los europeos que llegaron a nuestro país, se afincaron aquí
definitivamente, pudieron rehacer aquí sus vidas.
Nacido el 16 de noviembre de 1848 en la Comuna de Colle, en la provincia de Treviso, Lorenzo pertenecía a un linaje cuyas raíces
documentadas se remontaban hasta el siglo X. En el volumen 3 del famoso “Dizionario storico-blasonico delle famiglie nobili e notabili”, el apellido Tomacelli tiene su origen en Nápoles y proviene directamente de un miembro de la célebre familia Cibo llamado Tomasello, quien se estableció en dicha ciudad en el año 970. Los descendientes de este personaje adoptaron el nombre de Tomacelli, distinguiéndose históricamente el mismo desde el año 973 con la defensa de Nápoles contra Pandolfo I, quien era príncipe de Benevento y de Capua. Con mayor cautela, Miguel Alberto Tomasella, poeta e historiador, data el apellido Tomasella en el siglo XV.
En su juventud, Lorenzo decidió forjar su propio camino y el 26 de noviembre de 1873 contrajo nupcias con Luigia Pin en Mareno di Piave. En aquella localidad y en la posterior campiña de Cimetta de Codognè, el matrimonio vio nacer y crecer a sus ocho hijos: Giuseppe, Catterina, Costante, Giovanni, Giacomo, Rosa, María y Arcángela, ajenos aún al destino transatlántico que el porvenir les reservaba.

Colonia Carolina. Se ignora la fecha de la misma, se supone que entre 1904 y 1910. Datos tomados del libro Latidos Gringos, de Miguel Tomasella.
La tragedia golpeó el hogar de los Tomasella en el otoño de 1893, cuando la pequeña Arcángela apenas sumaba un año y cuatro meses de vida. Luigia Pin enfermó gravemente y falleció el 15 de noviembre a causa de una fiebre infecciosa, sumiendo a Lorenzo en una profunda viudez que arrastraría con fidelidad el resto de sus días, al punto de esculpir con sus propias manos un busto en madera para perpetuar las facciones de su amada. Lejos de las versiones erróneas que sitúan su partida inmediata a América, el patriarca resistió con estoicismo seis duros años en su Italia natal, asumiendo en soledad la crianza y el sustento de su numerosa prole.
Hacia los meses finales de 1898, ante las vicisitudes económicas de la época, la familia maduró la idea de la emigración. Previo al viaje, el hijo mayor, Giuseppe, contrajo matrimonio para asegurar el porvenir de su propia rama, y el 15 de marzo de 1899 las autoridades de Codognè expidieron los pasaportes familiares números 3699 y 3700. Tras recorrer 500 kilómetros hacia el puerto de Génova, Lorenzo y sus ocho hijos se embarcaron el 31 de marzo en el buque de bandera francesa Olvia (nombrado en algunos registros como Olbia) dejando atrás los Pirineos y la llanura padana para adentrarse en la inmensidad del océano Atlántico con destino a Buenos Aires.
El viaje definitivo estuvo marcado por el peligro: a la fiebre del tifus se le sumaban terribles tormentas, colosales tormentas que azotaban la nave a su antojo. Al alcanzar la isla de Santa Catalina en las costas de Brasil, una feroz tempestad amenazó con hundir la embarcación. En aquel trance de angustia absoluta, Lorenzo estrechó a sus hijos entre sus brazos e imploró la protección de la Virgen del Buen Consejo (Mater Boni Consilii), patrona de Codognè, prometiendo solemnemente erigir una capilla en su honor si lograban sobrevivir al naufragio. Escuchadas sus plegarias, el buque amarró a salvo en el puerto de Buenos Aires el 30 de abril de 1899, y tras un breve descanso en el Hotel de Inmigrantes, la comitiva reemprendió el viaje fluvial hacia el norte el 3 de mayo. En el camino, muchos muertos habían sido arrojados al mar, consumidos por la fiebre.
Lorenzo contaba en Goya con numerosos compatriotas que le habían prometido su ayuda. El destino final fue, pues, la promisoria Colonia Carolina, en el departamento de Goya. Allí, Lorenzo, conocedor de los rigores del campo, pues fue viñatero toda su vida, adquirió una parcela de 120 hectáreas y se entregó a las faenas de la agricultura.
A principios del año 1904, la familia Tomasella se encontraba en las condiciones económicas necesarias para comenzar la edificación de la capilla que habían prometido construir si sobrevivían a la tempestad. Don Lorenzo Tomasella formalizó el 25 de junio de ese año la donación gratuita, pura e irrevocable, de un terreno de su propiedad ubicado en la Colonia Carolina a favor de la Curia Diocesana del Paraná (de la que dependía Goya) con el fin específico y exclusivo de destinar la parcela para la construcción de un templo bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Consejo.
Los trabajos de preparación comenzaron en la Semana Santa de 1904 en un sector bajo del campo que acumulaba agua, por lo que requirió ser rellenado con capas de tierra transportadas en carros por los hijos de Don Lorenzo. Durante esta faena ocurrió un suceso calificado como milagroso: una de las ruedas de un carro cargado pasó por encima de las piernas de la pequeña hija de Juan (nieta de Don Lorenzo) sin causarle ninguna lesión. Hecho que, ciertamente, conmovió profundamente a la familia y que se interpretó como una renovación del milagro por parte de la Virgen.
Las labores de edificación no fueron continuas y se prolongaron durante unos 5 años debido a que solo se trabajaba cuando el tiempo y las obligaciones lo permitían. Los propios constructores se encargaron de fabricar artesanalmente los ladrillos amasando barro negro, levantar los cimientos y acarrear la arena desde las costas del Río Santa Lucía empleando carros tirados por bueyes. Con el tiempo, se completaron los detalles arquitectónicos exteriores, como la fachada con su torre campanario en punta y una veleta metálica, y Don Lorenzo asumió personalmente la responsabilidad de la carpintería, el retablo y el tallado de la imagen religiosa.

El templo quedó concluido con unas dimensiones de 5,25 metros de frente por 12 metros de fondo, albergando en su interior obras de gran valor artístico y simbólico: la imagen de la Virgen tallada en una sola pieza de algarrobo y representaciones detalladas de la visión bíblica del cielo y el infierno.
El mencionado algarrobo le fue regalado a Tomasella en el paraje Rincón de Gómez, por Don Gregorio Segovia, quien quiso contribuir a la obra religiosa. Varios meses esperó a que la madera se secara para la obra principal, es decir la figura de la virgen. Pero, como se sabe, lo primero que esculpió Lorenzo con una parte de ese tronco fue el busto de su difunta esposa Luisa.
La imagen de la Virgen del Buen Consejo tallada por Tomasella es una imponente escultura de aproximadamente 1,60 metros de altura que pintó detalladamente para darle una apariencia viva. En el mismo conjunto talló al Niño Jesús, colocándolo en el brazo de la Virgen mientras sostiene una pequeña esfera con una cruz que simboliza la salvación del mundo. Para complementar el mobiliario de la capilla y el culto, Lorenzo también talló y armó varias cruces de madera de entre 30 y 40 centímetros de altura, además de fabricar los bancos, reclinatorios y sillas del templo.
El día 25 de junio de 1909, a 5 años de haber comenzado la construcción del templo, Lorenzo Tomasella, llenos de gran contento, hicieron una gran fiesta para la inauguración. Pero enseguida todo se tornó amargura y desazón. Ninguna de las autoridades religiosas que debían asistir se hizo presente, ni siquiera el cura enviado desde Goya por el Obispo. Esto se vivió como una ofensa, una grave ofensa por parte de la familia Tomasella. El delegado del Obispo argumentó a modo de disculpa que no pudo asistir ante la posibilidad de que lloviera. Pero Tomasella rechazó cualquier disculpa posterior al entender que el desaire se debía a las acotadas dimensiones del templo. Con resolución, cerró la capilla con llave para que nadie ingresara y permaneció enemistado con la Curia local entre 1909 y 1912.
Con anterioridad a este conflicto y al día de la inauguración, hubo tensos cruces entre Lorenzo Tomasella y ese cura párroco, el Presbítero José Rodríguez. En varias cartas enviadas al Obispo, el párroco se quejaba explícitamente de la actitud de Don Lorenzo, describiéndolo como un hombre de “carácter firme y díscolo”.

Según Miguel Tomasella, luego del chasco de la inauguración: “… Don Lorenzo pasó una jornada nocturna muy amarga, tanto que a la madrugada se escapó de la casa, tomó a pie por las vías del ferrocarril con un chicote; llegó a Goya, directamente hasta la sede de la parroquia a enfrentarlo al cura, quien se disculpó alegando que, debido a como estaba el día, pensó que nadie iba a ir al acto, por lo que optó quedarse” (p. 44).
Durante el tiempo que duró la enemistad con la iglesia, solo Don Lorenzo entraba al templo, casi siempre cargando piezas de madera. Ni siquiera sus hijos pudieron informarse largo tiempo de lo que hacía encerrado allí por las noches, aun cuando más de una vez se entregaron a la tarea de espiar por las ventanas.
En los días de la construcción del templo dedicado a la Virgen del Buen Consejo, los vecinos y visitantes llamaban al mismo “la capilla del gringo” o “la capilla de Tomasella”. Pero eso cambiaría en 1912, cuando Lorenzo, reuniendo a toda su familia, mostró al fin la obra que lo había entretenido durante tres años: escenas magníficamente representadas de los tormentos infernales, lóbregas estatuillas de madera bellas por su calidad y grotescas por los temores que, ciertamente, debían expresar. Sus hijos, atónitos, nada pudieron decir ni preguntar. Tal es así que Lorenzo Tomasella se llevó a la tumba las verdaderas motivaciones de una obra que bien podría llamarse cúlmine.

Los pobladores aborrecieron aquellos tallados. Si durante la construcción, los vecinos, activos participes en la hechura del templo, venían día con día a rezar, una vez que presenciaron aquella imaginería infernal, ya no querían, se sentían rechazados por la devoción que una vez les inculcó aquel italiano laborioso y honesto venido de Treviso con su numerosa familia. Desde 1912, pues, “la capilla de gringo” pasó a llamarse “la capilla del diablo”. Decían muchos que aquello iba contra la religión, incluso llegaron a sugerir que Tomasella se había hecho ateo.
Pero nada de eso era cierto. Don Lorenzo Tomasella jamás renegó de su religión: dormía aferrado a la biblia, rezando a una patrona de su madre patria, la Virgen del Buen Consejo. Pero eso sí, sentía una gran culpa por ser, según sus palabras, causante de que muchos se hayan alejado de la devoción de su virgen.
Sus últimos años los pasó en una profunda depresión, la cual le generó un estado de alteración que le hacía delirar. Algunos días salía al campo dando gritos y chicotazos al aire, diciendo que estaba “arreando a los diablos que se escaparon del infierno” (Latidos gringos, p. 50).
Lorenzo Tomasella falleció un 4 de diciembre de 1922, a la edad de 74 años. Para reafirmar el carácter extraordinario de su recorrido religioso, de la fe de este hombre singular, dicen que hasta predijo la hora de su muerte. Ya fatigado por los delirios, por sus andanzas, le dijo con tono decidido a su hijo José: “Dentro de media hora ya no estaré vivo”. Y así fue, en efecto.
En 1919, mientras Don Lorenzo aún estaba vivo, enviados de la Revista Caras y Caretas visitaron Colonia Carolina para reseñar y fotografiar la tan famosa Capilla del diablo. En un ficticio diálogo, de tono acido, burlón, definieron las ideas que estaban circulando sobre la obra del italiano. La reproducimos en extenso:
El auto continuaba su camino velozmente, y ya habíamos recorrido kilómetros y kilómetros, tanto que creí oportuno preguntar a mis cicerones si el objeto de la carrera era llegar a la orilla del Uruguay cruzando toda la provincia.
— No, tanto… Llegaremos a lo de Tomasella, Lorenzo Tomasella, uno de los hombres más populares y queridos en Goya…
— Que es… Un profeta, un manosanta, un…
— Nada de eso… Es un colono, padre de una docena de hijos, todos
hombres ya casados y muy adultos… Un hombre originalísimo, sencillo… pero cuya lógica en ciertos asuntos ha dejado mal parado a más de uno… Anticlerical acérrimo…
— Pero ya no está más de moda eso… del anticlericalismo…
— No importa; pero para Tomasella no hay otro tema más interesante… Ha construido una capilla por su cuenta…
— Anticlerical y…
— No he dicho anticristiano… Él es cristiano, muy cristiano, pero la tiene con los curas… Fíjese si será…
— ¿Pero es hombre de alguna preparación?
— No… Lee por su cuenta… Tiene criterio natural… y, sobre todo, es
un tallista… Ya verá usted sus trabajos…
El auto paró delante de una casa de la colonia muy bien cuidada, en
pleno campo, a pocos metros de una capilla de líneas bastante raras.
— Esa es la capilla del Diablo… Así la llaman los católicos fervientes.
Obra de Tomasella sobre dibujo del mismo… Luego iremos a verla. No estaba nadie en la casa, con excepción de dos niñas y un muchachito de unos ocho o diez años. Tomasella se había ido no sé a dónde, decían ellos muy cerca; pero todos sabemos cómo son los cerca y cerquita de los campesinos.
Mientras tanto yo metía las narices en todas partes, y desde afuera llegué a ver unas camas trabajadas en un estilo indefinible. Estaban esculpidas con un sistema bastante primitivo, predominando figuras de serpientes, sapos, demonios y ángeles. Mucho misticismo, una fe ciega en los poderes del bien y del mal y mucho odio a la serpiente, culpable del famoso primer pecado. Pedimos permiso para entrar en la capilla, punto de reunión de los secuaces del Tommasellismo, pues Tomasella tiene sus prosélitos como los tuvieron otros reformadores y protestantes.
La capilla, en el frente, ostenta dos relojes de sol, cuya exactitud no podría garantizarse de ninguna manera. Tienen sus cuadrantes y sus barritas de hierro inclinadas, según un determinado ángulo y, naturalmente, la sombra se proyecta sobre los números dibujados en semicírculo. Pero… ¡vaya a saber si Tomasella lo ha calculado todo!…
Puede ser que le haya venido en ayuda la inspiración divina… Todo es posible en este mundo… A la izquierda, entrando del lado de la sacristía, debajo de una cortina se conserva la que puede llamarse la obra príncipe de Tomasella y también un cortaplumas que ha servido para tallarla.
Es una escena indescriptible, un algo que el autor debe haber visto después de una dosis muy fuerte de opio, todo un conjunto de misericordia divina y de sufrimientos infernales, contorsiones de condenados a las llamas eternas y a las picaduras de las víboras, sables, rayos, Santos Migueles y Gabrieles… lo que se dice un trabajo de pulso.
En la misma capilla existe un plan en forma del Infierno con sus diferentes departamentos, según los pecados predominantes en la vida del difunto, y también se admira un cuadro que felizmente lleva debajo la explicación. Se trata de una niña que ha quedado bajo un carro cargado de tierra sin hacerse nada. Dice la explicación: «Una icca soto alcarro cargado diterra. Existe dio salvator. E per le vantar la capigia». Si no la entienden, no será mía la culpa. Salimos con el sentimiento de no poder hablar con Tomasella, y, sobre todo, fotografiarlo. Felizmente estos hombres no necesitan réclame: se recomiendan solos.
Esta es la fotografía publicada en la edición de 1919 de Caras y Caretas:

En la citada edición, también aparece esta fotografía que da una idea de las dimensiones de los tallados de Tomasella que hacen alusión al infierno:

Muchos de los primeros tallados fueron, con el tiempo, robados. Nunca se supo del paradero de muchas piezas valiosas de ese proyecto artístico y religioso de Don Lorenzo Tomasella.
Poco o nada se sabe, como dijimos, de su motivación. Que fue una devolución de la ofensa perpetrada por la iglesia el día de la inauguración de la capilla prometida a la virgen ante las vicisitudes del océano; que fue la inspiración de lecturas de la Divina Comedia; que fue una fiel interpretación de las escrituras. La respuesta se fue con Don Lorenzo, italiano trabajador y creativo, cuyo apellido resuena y resonará por mucho tiempo.
FUENTES CONSULTADAS
– Devoto, F. (2004). Historia de la inmigración en la Argentina (2.ªed.). Sudamericana.
– Di Crollalanza, G. B. (1888). Dizionario storico-blasonico delle famiglie nobili e notabili italiane estinte e fiorenti (Vol. 3). Presso la
direzione del Giornale Araldico.
– Revista Caras y Caretas (1919). – Sorg, G. M. (2017). Colonia Carolina: Los primeros colonos y la historia de su origen. Boletín del Instituto Correntino de Ciencias Genealógicas, (16).
– Tomasella, M. A. (2008). Latidos gringos: Capilla Virgen del Buen Consejo conocida como: “Capilla del Diablo”. Imprenta Vago.
Autor: Profesor Joaquín Quiroz

