En cada región, la artesanía es una forma de memoria viva: un modo de contar quiénes somos a través de las manos que trabajan, transforman y crean. Las artesanas sostienen un saber que no sólo produce objetos, sino vínculos, identidades y modos de habitar el mundo. En sus espacios creativos (a veces improvisados entre jornadas laborales, hijos, duelos o celebraciones) laten tradiciones familiares, búsquedas personales y una filosofía sencilla: lo hecho a mano tiene un tiempo propio, un pulso que resiste la velocidad, que demanda concentración y amor. En sus piezas se mezclan la paciencia, la intuición y la historia familiar que encuentra en ellas un espejo y un refugio. Presentarlas es, en cierto sentido, presentar también la cultura que las rodea.
En este artículo conoceremos el testimonio de cuatro mujeres que encontraron en la creación de objetos únicos un modo de expresar sus emociones, sus inquietudes, su forma de ver el mundo. Alicia, Gabriela, Noel y Romina nos ofrecen un poco de arte representado en las imágenes que compartimos, también, en este texto.
Las Monzonas

Cada vez que voy a ese rinconcito que ella creó en su casa no dejo de maravillarme con todo lo que allí expone: piezas de porcelana únicas, utensilios vintage y tejidos con tramas preciosas. Alicia se sorprendió, sonrió y aceptó encantada cuando le propuse hablar de su emprendimiento. Esto es lo que compartió con nosotros:

Soy Alicia Monzón, la primogénita de Doña Tona y Leonardo, de Quitilipi. En mí corre una mezcla de sangre gringa y toba que atraviesa neuronas y venas.
Aprendí a tejer crochet desde niña. Hacía celosías para completar los trabajos de mi abuela Secundina, sentada a su derecha en una sillita, como la que tengo ahora. Supongo que, en mi esencia, está implícita esa acción de urdir y tramar los hilos con los ganchillos: eso es el crochet.
Recuerdo que no conocí un abrigo de paño hasta el primer mes de casada. Hasta entonces siempre me protegí del frío con sacos y pulóveres tejidos en dos agujas por mamá y por mi abuela. En mi adolescencia me los tejían con hilos estridentes.
Las Monzonas nació así. Mi cuñada Ro me dijo una vez “Tenés manos de hada”. En ese momento los albañiles estaban ambientando la galería frontal del rancho para convertirla en el local que hoy llamo mi universo de tejidos y reliquias (me gusta la vajilla antigua para los tés de las cinco de la tarde).
Retomando lo del nombre, Ro me dijo: -Poné tu apellido, recordando a tu papá, que siempre creyó en su hacer, como vos. Entonces, lo feminicé y lo pluralicé. Mi apellido también se volvió plural porque en mi familia todas somos mujeres tejedoras. Somos creativas: mi hija Analú es diseñadora gráfica y Ro comerciante. Ellas también son emprendedoras.
Creo que soy tejedora de raíz. Lo fui siempre, incluso antes de estudiar y de tener todos esos “papelitos” que me permitieron trabajar en el sistema educativo durante tres décadas consecutivas.
Tejer implica invertir mucho en materia prima de calidad. No mezquino en la lazada cuando tejo.
No compito con otras mujeres: las admiro y las respeto profundamente, cada una con su arte.
Tejer es mi talento. Por eso, lo que creo es invaluable. No es un hobby: es un hábito cotidiano, parte de mis circunstancias, casi una necesidad. Dedicar tiempo a crear es algo que me habita.
Mis neuronas no aceptan el calco de otras: ellas dirigen el sentido de mi ser, y así nacen las ideas.
Creo tejiendo: mirando lejos, hablando, riendo. No podría decir que tejo durmiendo, porque no es así. Pero, si no puedo dormir, me siento en el medio de mi camita… a tejer.
Hay muchas frases sobre este hacer, muchas páginas que muestran a otras mujeres que se denominan artesanas porque agregan valor a sus tejidos para convertirlos en parte de su economía.
Yo soy tejedora. El valor de lo que hago es invaluable a mis ojos, incluso en mis propios tejidos, porque tejo para la eternidad. Mis tejidos conservan sus tramas y texturas por décadas. Por eso apelo a lo eterno.
Agradezco a Silvana esta oportunidad de relatar un poco de mí y de mostrarme a la comunidad desde este espacio digital, donde también sigo tejiendo —con palabras— otra trama de mi historia.
Instagram: @lasmonzonas.tejidos



G.V. Artesanías
Gabriela y yo somos colegas. Ambas egresamos del Instituto Alberti como Profesoras en Lengua y Literatura y durante muchos años compartimos el espacio laboral del colegio secundario Güemes de Tejada. De hecho, le pregunté si quería ser parte de este artículo mi último día como docente de esa institución. Gabriela aceptó sin dudarlo y se emocionó pensando en qué imágenes compartir con nuestros lectores. Cuando uno habla de lo que ama, es inevitable recordar todo lo que ha soñado (y se ha esforzado) por materializar en ese proyecto. Este es su testimonio:

La marca GV representa mis iniciales: Gabriela Velázquez. Identifica productos artesanales de calidad y categoría. El diseño del logo se presenta dentro de un contenedor rectangular para destacar su forma y darle mayor presencia visual, acompañado por una línea cuyo trazo remite al cuero, material que caracteriza mi trabajo.

Desde 2009 me dedico a la artesanía en cuero y cuerina. Elaboro llaveros, porta termos, forros para mates, bolsos, carteras, alpargatas, suecos y otras variedades de productos. También, realizo trabajos por encargo, cuyos valores varían según la complejidad de cada pieza y las preferencias del cliente.
Por circunstancias de la vida decidí transitar el camino -siempre desafiante- de ser mi propia jefa. Así fui aprendiendo este oficio y continúo perfeccionando mi técnica para ofrecer trabajos cada vez mejores. Me formé en Buenos Aires, donde estudié muñequería soft, marroquinería y porcelana fría.
En cuanto a la organización, produzco en mis días libres, ya que también soy docente. Luego, llevo mis productos a vender en la feria. De esta manera sostengo un proceso continuo que me permite crecer día a día.
Este trabajo es para mí un gran orgullo. Disfruto mucho lo que hago. Además de vender, puedo conversar con los clientes y conocer a otros artesanos, con quienes compartimos experiencias y aprendizajes.
Desde 2018 me desempeño como presidenta de “Artesanos Unión y Progreso”, organización fundada en 2015 por quien fuera mi esposo.
Cada pieza que realizo refleja el tiempo, la dedicación y el amor por un oficio que sigo aprendiendo y perfeccionando.
El Instagram de Gabriela es @g.v_artesanias







Floreando
Conocí las creaciones de Noel por su Instagram. Varias amigas le habían comprado aros hechos con flores y me encantaron. Comencé a seguir su trabajo y quedé fascinada con su modo de capturar la belleza de la naturaleza de un modo tan chic. Aclaro, también adquirí un par de aros que se crearon con los pétalos de una orquídea de color amarillo y violeta. Es una hermosísima pieza.
Este es su testimonio:

Me llamo María Noel Molina D’Aveta. Tengo 38 años y nací en Goya, Corrientes. Mi pasión por las flores surgió desde muy chica, cuando me di cuenta de que tenía una conexión especial con ellas. Me llamaban mucho la atención sus colores, sus formas y sentía que me transmitían una alegría muy particular.
Al principio, hacía cuadritos con flores secas. Más adelante, conocí la resina que me abrió un universo inmenso. El nombre de mi emprendimiento surgió a partir de la palabra floreado: quería que sonara a algo lleno de flores [por eso, el emprediemiento se llama Floreando].
Mi meta es que mi emprendimiento llegue a ofrecer accesorios únicos e irrepetibles, pensados especialmente para cada persona. Quiero que quien los use se sienta original y especial.
El logo actual me lo hizo una de mis hermanas, que es diseñadora gráfica. Ella me consultó colores y algunas ideas, y lo creó. Ahora lo estoy cambiando con ayuda de la IA, para no molestarla porque trabaja muchísimo. En realidad, autogestiono todo dentro del emprendimiento.

Además, trabajo en el área administrativa, cumpliendo una jornada laboral de ocho horas y soy mamá de una nena de 13 años que se llama Joaquina. Siempre digo: bienvenidos a mi mundo de flores.
A continuación, comparto mi Instagram y mi número de WhatsApp. Esa es la única red social que uso: @floreaando, 3777536309.






Ángel Mío
Romina es profesora y trabajamos juntas en el Instituto Alberti. Es una mujer con una luz muy especial: brilla al hablarte, al saludarte, al mirarte a los ojos y preguntarte “¿cómo estás hoy?”. Hace un año comenzó su emprendimiento y compartió con nosotros su testimonio:

Mi amor por las manualidades viene desde muy chica. Mis abuelas me enseñaron a tejer: una me enseñaba crochet; y la otra, el tejido en dos agujas. Mi mamá me enseñó a pintar en tela y a bordar. Siempre estuve muy conectada con ese mundo.
Hace un par de años falleció mi mamá, y creo que canalizar el duelo fue lo que me llevó a empezar con los amigurumis. En ese momento, buscaba una actividad diferente que me sacara de la rutina y del pensamiento constante en la pérdida. Charlando con una amiga le dije que quería hacer algo más, algún emprendimiento que me permitiera ir armando algo para el día de mañana, cuando me jubile.
Siempre tuve una debilidad muy especial por los bebés: me atraen de una manera muy significativa. Soy mamá de un hijo que hoy tiene 30 años, y cuando me enteré de que estaba embarazada fue cuando más aprendí a tejer cosas de bebé. Hacía todo lo que necesitaba para su ajuar. Después seguí tejiendo cuando él creció un poco más, siempre con dos agujas. Pero, en esta etapa se me dio por el crochet. Quería algo relacionado con los bebés, algo especial, que no fuera tan común como ropa o puntillas. Así surgió la idea de los amigurumis.
El nombre de mi emprendimiento es Ángel Mío. Está muy relacionado con mi mamá porque ella era muy devota de los ángeles. Me transmitió esa devoción: tenía ángeles por todos lados, se comunicaba mucho con ellos. Y, también, porque siempre que veo un bebé digo “ay, mi angelito”. Toda la vida los relacioné con eso. La palabra “mío” le da un toque más íntimo, más personal, como parte de la identidad de la marca.

No hago ferias ni participé todavía en eventos. El emprendimiento tiene apenas un año y está creciendo de a poquito, porque no puedo dedicarle todo el tiempo que me gustaría. Pero descubrí que me apasiona. Es mi cable a tierra: cuando estoy muy cargada de responsabilidades, esto me desconecta totalmente y me hace bien.
Instagram: @angel_mio.1




Agradecemos a estas artesanas por abrirnos la puerta de sus mundos, por permitirnos asomarnos al gesto íntimo con el que transforman la materia y, al hacerlo, también transforman la vida cotidiana de Goya. En sus relatos aparece la memoria viva de la que habla este proyecto: flores que acompañan una infancia, cueros que sostienen un oficio aprendido con esfuerzo, hilos que tejen duelos, maternidades y esperanzas. Además, nos recuerdan que la cultura se escribe, también, en las manos que trabajan despacio, en los objetos que guardan algo del alma de quien los crea. Este recorrido es un comienzo de lo que Arandu Revista busca compartir con los lectores en próximas publicaciones. Seguiremos acercándonos a otras artesanas (y artesanos) que, con la misma dedicación silenciosa, continúan creando la identidad viva de nuestra zona.
Autora: Silvana M. Molina

