La sombra de la luna me sigue.

Nunca entendí por qué debía temerle más que a la luz del Sol.

Me dijeron que su hemisferio de obscuridad define

lo que a veces experimentan

tanto los hombres como las mujeres.

De su luz tenue, pero enceguecedora, huyo,

es blanca y fría, te atraviesa sin quemar tu piel.

Son como dagas azules

sus rayos suaves.

Ni bajo la protección del cemento

puedes esquivarlos.

Tu cuerpo deja de pertenecer a la pobre humanidad

que te envuelve.

La Luna desgarra tus vestiduras en un frenesí

doloroso y placentero a la vez.

¿Has sentido cómo la piel se separa cuando el cuchillo

la penetra y de ella emergen gotas incesantes

de tu dulce sangre?

¿Has sentido el dolor que provoca el

corte del filo de la hoja de papel?

Nunca se va hasta que cicatriza.

Nunca se va. Late la vida en ese corte.

Así me siento cuando la Luna

me encuentra.

A veces, tengo tiempo de quitarme la ropa.

Otras, se convierte en harapos que

al siguiente día debo recoger

para evitar los comentarios de mis vecinos.

Un sonido indómito surge de

mi cavidad bucal cada vez que ella me encuentra.

Por más que me esconda

en los canales más profundos y obscuros,

ella me encuentra.

Y me duele el cuerpo.

Y me duele el alma.

Yo le temo a ella. Ellos me temen a mí.

Mucho se dice de mi persona, pero pocos

saben quién soy.

Tal vez estoy a tu lado,

deleitándome con el perfume de flores amaderadas que usas.

O tal vez soy

el que te mira a los ojos y lee

para vos esta historia que ahora es poesía.

Sobre la autora: Silvana es Profesora en Lengua y Literatura para el Nivel Medio (IPMA), Profesora en Lengua y Literatura para el Nivel Superior (UNNE), Licenciada en Letras (UNNE) y maestranda en Enseñanza de la lengua y la literatura (UNR). Cursa el último cuatrimestre de la Especialización en Docencia del Nivel Superior (UNNE). Estudia Periodismo en la Universidad Nacional “Madres de Plaza de Mayo”. Se desempeña como docente en distintas instituciones de nivel medio y superior.