En Goya, las mujeres que emprenden su propio negocio son muchas. Algunas son artesanas. Otras venden productos que eligen minuciosamente de emprendedores artesanales de otras regiones o de PyMEs familiares con una gran historia cultural. En este artículo, nos detendremos en la historia de tres mujeres que emprenden como una actividad secundaria (Graciela y Belén) o que forma parte fundamental de la economía del hogar (Barbarita).
En cuanto al título, utilizamos la idea de Felipe Pigna para nombrar sus libros dedicados a las mujeres que han hecho inmensa a nuestra Nación. Ese título (“Mujeres tenían que ser”), cargado de valoración negativa originalmente, transforma la visión actual sobre la mujer y su rol de en la sociedad. La reivindica, la empodera y nos ofrece una nueva construcción de sentido: gracias a las mujeres y su visión de progreso se alcanzan grandes metas.
Introducción
Las mujeres emprendedoras sostienen una parte fundamental de la economía familiar y también de la economía social. Su trabajo impulsa el crecimiento, diversifica los ingresos del hogar y fortalece las redes comunitarias. Desde la economía internacional, distintos organismos coinciden en lo siguiente: cuando más mujeres participan en actividades productivas, las economías crecen y se vuelven más equitativas. Según la ONU Mujeres, la igualdad económica de las mujeres impulsa la diversificación y mejora la distribución del ingreso. Cerrar la brecha de género podría aportar hasta siete billones de dólares a la economía global (fuente: Facts and figures: Economic empowerment | UN Women – Headquarters).
Además, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) señala que las mujeres emprendedoras representan un enorme potencial para la creación de empleo, la innovación y el desarrollo local, aunque todavía enfrentan barreras como menor acceso al financiamiento y a redes de apoyo. Aun así, su aporte es decisivo: los emprendimientos liderados por mujeres dinamizan mercados, generan oportunidades y contribuyen a reducir la pobreza.
Lo que las impulsa es el deseo de autonomía, la creatividad, la búsqueda de un ingreso propio y la convicción de que su trabajo transforma la vida cotidiana. Cada emprendimiento, grande o pequeño, sostiene hogares, abre caminos y fortalece la economía de toda la comunidad.
A continuación, les presentamos las historias de tres emprendedoras: Graciela Sánchez Martínez, Belén Blanco y Barbarita Sánchez.
Confiá-te de Grace

Soy Graciela Sánchez Martínez, aunque para la mayoría soy Grace, o Gra. Así me llaman quienes me conocen desde hace tiempo. Soy la creadora de Confiá-te, un emprendimiento que nació como un sueño que me venía rondando desde hacía años. Siempre digo que hay cosas que nos “hacen ruido” por dentro, que nos “burbujean” en la sangre desde algún momento de la vida, y que cuando las hacemos conscientes, empiezan a tomar forma.

Creo que el “bichito” del emprendedurismo lo tuve siempre. Desde muy joven sentí ganas de emprender. Mi mamá era docente, pero también viajaba a Brasil para traer ropa y zapatillas que después vendía. Tengo muy presente una noche en la que llegó con todas sus cosas y enseguida vino gente a comprarle. Esa imagen me marcó. Tal vez por eso, cuando estudié el profesorado en Economía, me encantó una materia que dábamos con el contador Ávalos: Proyecto y gestión de microemprendimientos. Hace veinte años que ejerzo la docencia y hace veinte años que enseño esa materia. Siempre sentía que me faltaba algo: enseñaba a emprender, pero yo misma no emprendía.
Busqué durante mucho tiempo qué podía hacer. Antes de Confiá-te, incluso les propuse a dos amigas armar juntas un emprendimiento de maquillaje, porque me encanta ese mundo, pero no tuve respuesta positiva. Así que seguí buscando sola. Terminé eligiendo los sahumerios. Una línea que no se veía mucho en Goya. Al principio tuve una mala experiencia con un proveedor y me desanimé, pero mi hijo y mis alumnos me insistieron: “Profe, siga buscando”. Y tenían razón. Seguí hasta encontrar los sahumerios que quería vender: no los industriales de siempre, sino otros, hechos con aceites esenciales, más artesanales, más cuidados.
También quería sumar algo más, como infusiones. Encontré dos páginas que ofrecían infusiones sin teína -salvo el té negro- y me gustó la idea de combinar aromas y sabores. Así nació Confiá-te: un emprendimiento basado en eso que nos acompaña cuando encendemos un sahumerio o nos preparamos una infusión. Para mí, el humo y el aroma acomodan un poco las emociones, las ideas, la vida misma.

Elegí el nombre Confiá-te porque quería un juego de palabras. Recuerdo que lo decidí un ocho de agosto, un 8/8 que muchos consideran un portal energético. Ese día elegí confiar. También elegí una mariposa como logo, porque para mí representan el cambio: nacen de una manera, se transforman y vuelan. Y eso era exactamente lo que me estaba pasando.
Busqué dos inversores: mi pareja y mi hermana. Les conté cuánto necesitaba y me apoyaron sin dudar. Pude devolverles el dinero y seguir creciendo. Empecé a feriar, a hacerme conocida. Mi página de Instagram es Confiate de Grace (@confiatedegrace). El logo tiene la mariposa, un sahumerio y una tacita. Elegí el color rosa porque transmite serenidad y confianza, algo que necesitamos mucho en estos tiempos tan acelerados.

Mis metas son claras: quiero vivir de mi emprendimiento, tener un ingreso extra y, cuando me jubile de la docencia, dedicarme de lleno a esto. Sueño con hacer mis propios sahumerios. Es una meta grande, enorme. Y también sueño con crear una empresa donde trabajen mujeres, especialmente mujeres en situación de vulnerabilidad. Un espacio donde puedan mostrar sus creaciones, emprender y descubrir que también pueden sostenerse por sí mismas.

Siempre escuché esa frase de que “el emprendedor nace o se hace”. Yo creo que es un poco de las dos cosas. Hay algo que te burbujea desde siempre, pero también hay quienes descubren ese impulso de grandes y les va muy bien. Esta es mi historia. Siempre soñé con emprender y siempre ayudé a otras personas a hacerlo. Creo que es un buen camino, incluso en tiempos difíciles, cuando muchos emprendimientos cierran. Seguir creyendo que hay esperanza también es parte del trabajo.
Alma Sagrada

Soy Belén Blanco. Emprendo porque estoy convencida de que trabajar con un propósito cambia la forma de vivir. Este emprendimiento es mi manera de unir lo que amo con lo que sé hacer: acompañar procesos de transformación personal. También siento que nací para la venta. Desde siempre me dediqué a eso. La diferencia es que hoy decidí emprender para ofrecer aquello que yo misma elegiría comprar: herramientas y productos que ayudan a las personas a sentirse mejor consigo mismas y con su entorno.

Mi meta es seguir creciendo con mi negocio y llegar a muchas más personas que puedan conocer de qué se trata Alma Sagrada. Quiero sumar nuevas terapias holísticas y ampliar la línea de productos, siempre desde un lugar de cuidado y bienestar.

Elegí el nombre Alma Sagrada porque une dos conceptos que para mí son esenciales: el alma como nuestra esencia más profunda, y lo sagrado como aquello que merece ser cuidado, valorado y protegido. Eso es lo que busco con mi emprendimiento: crear espacios de cuidado energético y espiritual.

Mis redes sociales son Instagram, Facebook y TikTok, donde me encuentran como @almaa.sagrada.
Además de autogestionar mi negocio, doy algunas horas de clases de pilates, una formación que también elegí y que complementa mi camino. Emprender, para mí, es una forma de libertad: me permite crear, acompañar y ofrecer algo que nace desde el corazón.

Barbarita Sánchez, productora hortícola
Me llamo Barbarita Sánchez. Soy de Santa Lucía y desde hace más de cincuenta años me dedico a la horticultura. Podría decir que empecé antes de nacer, porque mi mamá ya venía a vender a Goya cuando me tenía en la panza. Crecí entre plantas, semillas y tierra húmeda, aprendiendo a producir y a sostener a la familia con lo que daba la chacra.

Trabajo con producción natural, sin químicos. Cultivo tomates —comunes, morrones y tomates cherry—, berenjenas, chaucha, lechuga, rúcula y todo tipo de verduras de estación. Salimos temprano de Santa Lucía, a eso de las seis y media, y a las siete ya estamos en Goya para vender. La venta está ahí, más o menos, pero alcanza para recuperar lo invertido en semillas y para mantenernos. Gracias a Dios, siempre se puede seguir.

Tengo mi propia chacra: produzco, cosecho y vendo. Todo lo aprendí de mi mamá. Cuando éramos chicos teníamos terrenos grandes y plantábamos de todo. Con eso ella sostenía la casa, y ahora yo hago lo mismo. Tengo nueve hijos. Algunos trabajan conmigo, otros son cargadores o tienen su propia chacra. Desde chicos les enseñé a trabajar, para que aprendan un oficio y no anden en la calle. Dos de ellos todavía viven conmigo: trabajan durante el día y van a la escuela de noche. Los demás ya están casados. Sigo viniendo porque este es mi trabajo y mi manera de sostener a mi familia.



Conclusión
Cada historia compartida (la de Barbarita, la de Grace, la de Belén) revela que el trabajo con un propósito no sólo sostiene economías familiares, sino también sueños, vínculos y comunidades enteras. En ellas se encarna la creatividad como forma de resistencia, la autonomía como búsqueda y la confianza como motor.
Desde los surcos de una chacra hasta el humo de un sahumerio, desde la venta cotidiana hasta la creación de espacios de bienestar, las mujeres emprendedoras transforman lo que tocan: convierten la necesidad en una oportunidad, el esfuerzo en crecimiento y la experiencia en sabiduría. Cuando una mujer emprende, se mueve mucho más que un negocio. Se mueve la esperanza, la red que sostiene, el futuro que imagina y la certeza de que puede cambiar el mundo empezando por casa.

