Ser abogado hoy: entre la ley y las personas

29 de agosto, Día del Abogado

No es mi intención convertir el 29 de agosto en una fecha más, de esas que se felicitan por compromiso y se olvidan al día siguiente. Prefiero preguntarme, en cambio, qué estamos celebrando realmente cuando celebramos el Día del Abogado. ¿Una vocación? ¿La vida de un hombre que murió hace más de un siglo? ¿La función que cumplen hoy en día?

La fecha no es azarosa. Coincide con el nacimiento de Juan Bautista Alberdi en 1810 (San Miguel de Tucumán) y fue instituida recién en 1958 por la Federación Argentina de Colegios de Abogados (datos recuperados del diario Perfil, 2026). Alberdi no escribió leyes sueltas: sus bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina se convirtieron en una fuente decisiva de la Constitución de 1853 (Enriquez, 2026). Elegirlo como símbolo no homenajea solo una profesión: homenajea la idea, todavía discutible, de que el derecho puede ordenar -o al menos intentar ordenar- la vida de una comunidad entera.

Pero, ¿alcanza con eso para entender qué hace un abogado? Sospecho que no. Puedo enumerar sus tareas sin esfuerzo, porque son muchos los documentos al respecto: asesorar, representar ante tribunales, redactar contratos, investigar jurisprudencia, negociar, mediar (UADE, 2024). Es una lista precisa, casi un manual de instrucciones. Y sin embargo, algo se me escapa cada vez que la leo. Porque detrás de cada contrato hay una familia que se separa o que se protege; detrás de cada mediación, alguien que llegó ahí lo hizo “porque no encontró otra salida”. ¿Puede una lista de funciones dar cuenta de eso? Jorge Enriquez, en su columna de La Nación, dice que no, y coincido con él. Sostiene que el ejercicio profesional exige comprender a quien consulta, advertir lo que esa persona no logra expresar, generar confianza, decidir cuándo conviene confrontar y cuándo ceder (Enriquez, 2026). Nada de eso se aprende memorizando un código. Alberdi, dice también Enriquez, no fue solo jurista: fue economista, escritor, músico, un hombre para quien nada de lo humano era ajeno. Me gusta esa idea, aunque desconfíe un poco de las biografías que se vuelven perfectas con el tiempo.

Hoy, con la inteligencia artificial metida hasta en los escritos judiciales, esa pregunta por lo humano vuelve con más fuerza todavía. Las herramientas digitales actualmente ordenan antecedentes, comparan argumentos, redactan borradores. ¿Y, entonces, qué le queda al abogado? Enriquez (2026) responde que le queda justamente lo que ninguna máquina puede asumir: percibir el temperamento de un juez, decidir qué argumento conviene para que sea válido, sentir cuándo se debe insistir y cuándo se debe callar. Es, me parece, la misma pregunta que atraviesa cualquier oficio que trabaja con personas y no solo con información: ¿qué parte de lo que hacemos es insustituible?

Existe, además, algo que excede al cliente y a su caso particular. La abogacía carga con una responsabilidad pública, ligada a sostener el Estado de derecho, la independencia judicial, el respeto por las instituciones. Alberdi entendía que una Constitución solo sobrevive si se la respeta siempre, no solamente cuando conviene: “ahí -decía- está el secreto de conservarla”. Por eso, este día no es únicamente una efeméride. Es, o debería ser, una invitación incómoda a preguntarse para qué sirve, en definitiva, todo ese conocimiento acumulado, ¿de qué sirven los abogados? Creo, sin temor a equivocarme, que son muy necesarios, tanto como poseer las habilidades de leer, escribir y comprender. Particularmente, en sociedades como la correntina en la que muchas veces el poderoso quiere “acomodar la ley a su conveniencia”, a toda costa, apelando a sus “contactos”. Los abogados vienen a luchar por los más vulnerables y, aunque resulte una expresión demasiado idealista, creo que esa es su función primera.

En definitiva, insisto, no creo que ser abogado se agote en dominar códigos ni en cumplir la lista de tareas que cualquier folleto institucional puede enumerar, aunque esa lista sea, día a día, el contenido concreto de la profesión. Creo que se trata, sobre todo, de poner ese conocimiento al servicio de alguien que llega con un problema real, con la responsabilidad de que la ley deje de ser letra muerta y se convierta en algo que efectivamente proteja. Recordar a Alberdi cada 29 de agosto es, para mí, recordar que detrás de cada expediente hay una historia esperando ser escuchada por alguien que sepa hacerlo.

Referencias
Enriquez, J. (2026, 29 de agosto). El sentido de ser abogado. La Nación. https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-sentido-de-ser-abogado-nid29082026/
Perfil. (2026, 29 de agosto). Día del Abogado: por qué se celebra este 29 de agosto y quién es la figura histórica que dio origen a la fecha. https://www.perfil.com/noticias/efemerides/dia-del-abogado-por-que-se-celebra-este-29-de-agosto-y-quien-es-la-figura-historica-que-dio-origen-a-la-fecha.phtml
UADE. (2024, 20 de mayo). ¿Qué hace un abogado? https://www.uade.edu.ar/agenda/qu%C3%A9-hace-un-abogado-20-05/

Autora: Prof. Lic. Silvana Molina